miércoles, 2 de marzo de 2011

EL COMERCIO Y LA CRISIS COLONIAL: TEXTO DE SERGIO VILLALOBOS.

Publicado originalmente en 1968, el texto del historiador chileno Sergio Villalobos "El comercio y la crisis colonial" plantea una polémica hipótesis: el control español sobre el comercio de y hacia sus colonias (y particularmente en el caso de Chile) ya se había derrumbado hacia finales del siglo XVIII. La situación comercial en Chile previo a la independencia no era la de una colonia impedida de importar o de exportar, sino la de un mercado donde se realizaba un comercio constante con países europeos y con otras colonias españolas.
Esta hipótesis sin duda que nos invita a repensar las tradicionales explicaciones sobre el proceso de independencia, que ponen un énfasis en el monopolio como un antecedente fundamental. El texto que entregamos es un extracto de las conclusiones que el autor presneta, a modo de síntesis de su trabajo.

Lejos de existir una situación precaria de escasez de mercaderías importadas, de precios muy altos y de barreras que impedían la exportación de productos coloniales, los hechos demuestran, hasta alcanzar rasgos asombrosos, que en general el mercado chileno estuvo bien provisto de especies europeas, muchas veces con tal exceso que provocaban la saturación hasta el punto que los precios solían descender dejando fuertes pérdidas a los mercaderes; y que las posibilidades de enviar los productos chilenos a otros mercados, incluso el europeo y el asiático en menor grado, estaban dadas por la reglamentación vigente.
La importación de manufacturas europeas fue intensa desde los comienzos del siglo XVIII y con el correr de los años se acentuó notablemente. Sólo los períodos de guerra marcaban lapsos en que se dejaba sentir escasez y alza de precios; pero en las últimas décadas ni los períodos de beligerancia lograron cortar la infinidad de canales que abastecían al continente americano.
Esa misma liberalidad en el tráfico de importación se notaba en el de exportación, de modo que el envío de productos a las demás colonias de España, a las colonias extranjeras, a los países amigos y neutrales y aun a los enemigos, eran realidades que cualquier comerciante hábil y audaz podía aprovechar. Cierto que en el hecho la exportación era mucho más restringida que la importación; pero ello no se debía a una política deliberada; era la resultante fatal de las condiciones económicas reinantes: las manufacturas de los países altamente industrializados penetraban fácilmente en los mercados consumidores, mientras que los productos no elaborados, las materias primas de las colonias, no tenían vías tan fáciles de penetración en el mercado mundial. En el caso de Chile, nuestro país no disponía de productos muy apetecidos y sólo el cobre encontraba salida, que por cierto no era muy cuantiosa. Sería necesaria la gran transformación industrial europea del siglo XIX para aumentar la demanda del metal rojo; pero por entonces sus posibilidades eran limitadas.
[…]
La desenvoltura alcanzada por el comercio fue la consecuencia de las medidas de la corona, que dieron impulso tanto al tráfico interno como al externo. Tan importantes fueron las transformaciones en este último sentido, que puede afirmarse que las colonias americanas se encontraban ligadas a las plazas extranjeras y, por lo tanto, que el monopolio de la metrópoli virtualmente no existía.
Sin embargo, debe dejarse bien claro que España nunca renunció al monopolio y que si permitió el comercio de sus colonias con los extranjeros, se debió únicamente a circunstancias de emergencia y a la presión de necesidades ineludibles que, desgraciadamente para ella, llegaron a convertirse en situación permanente en las últimas décadas de su dominación.
No hubo una legislación con intenciones liberales y generosas, sino que todas las disposiciones que permitieron el contacto con el comercio extranjero se dictaron a regañadientes y en contradicción con los deseos e intereses metropolitanos.
Por una parte, el crecimiento de las colonias y el natural aumento de sus necesidades en cantidad y calidad, y, por otra parte, el desarrollo industrial de Inglaterra y otras potencias, tenían que hacer fracasar el monopolio y mientras unos esperaban con avidez las manufacturas, los otros se lanzaban con sus cargamentos al asalto de los puertos americanos. Esas fueron las fuerzas que doblaron la mano enflaquecida y débil de la política madrileña.
Junto con el comercio legal, acrecentando el volumen del tráfico, se realizaba el contrabando, cuya intensidad es difícil de apreciar, aunque al parecer no tuvo la importancia del comercio legítimo.
El contrabando no fue una actividad semipirática realizada en caletas abandonadas o con el rostro cubierto en medio de la oscuridad de la noche, sino que se efectuó a pleno día, en los puertos y en medio de cortesías y reverencias, mediando quizás algunas bolsas con buenos patacones. Fue una actividad desarrollada al amparo de las últimas reformas, aprovechándose de interpretaciones torcidas de los reglamentos y permisos o engañando de cualquier forma; era un contrabando que tenía sus trámites, expedientes, papel sellado y vistas fiscales y que en ocasiones hasta pagaba impuestos. Sólo circunstancialmente adquiría formas burdas y violentas.

Villalobos R., Sergio. El comercio y la crisis colonial. Santiago: Universitaria, 1989. Pp 260-264.

lunes, 7 de febrero de 2011

Crítica de la revolución rusa.


La revolución rusa  fue uno de los sucesos más polémicos del siglo XX a nivel mundial. Prácticamente desde sus comienzos fue criticada furibundamente por sus detractores y defendida con ardor por sus partidarios en todo el mundo Con el ascenso de Stalin se hizo evidente la enorme represión que desde el Estado se ejercía sobre los sectores disidentes y sobre diversos grupos sociales, recibiendo entonces críticas tanto desde la derecha como desde sectores de izquierda.
Sin embargo incluso cuando Lenin era el máximo líder hubo voces que, desde la propia izquierda, plantearon criticas al carácter poco democrático que la revolución iba tomando. Resultan interesantes esas críticas  no sólo porque tienen un carácter anticipatorio, sino también porque vienen "desde adentro"; critican a la revolución rusa por defraudar los propios ideales del socialismo.
Una de esas voces fue la de Rosa Luxemburgo, prestigiosa intelectual revolucionaria alemana-polaca. En su texto "Crítica de la revolución rusa", enjuició con energía la traición a la democracia que se incubaba, a juicio de ella, en la revolución rusa.

¿Qué queda realmente? En lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares generales, Lenin y Trotsky implantaron los soviets como única representación verdadera de las masas trabajadoras. Pero con la represión de la vida política en el conjunto del país, la vida de los soviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas de dirigentes partidarios de energía inagotable y experiencia ilimitada. Entre ellos, en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas -en el fondo, entonces, una camarilla- una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir una dictadura en el sentido burgués.

[…]

Pero la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos, quienes, mientras tanto, apoyaron lealmente a un puñado de dictadores socialistas. La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado.
¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular.
[…]
Todo lo que sucede en Rusia es comprensible y refleja una sucesión inevitable de causas y efectos, que comienza y termina en la derrota del proletariado en Alemania y la invasión de Rusia por el imperialismo alemán. Seria exigirles algo sobrehumano a Lenin y sus camaradas pretender que en tales circunstancias apliquen la democracia más decantada, la dictadura del proletariado más ejemplar y una floreciente economía socialista. Por su definida posición revolucionaria, su fuerza ejemplar en la acción, su inquebrantable lealtad al socialismo internacional, hicieron todo lo posible en condiciones tan endiabladamente difíciles. El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias, recomendándolas al proletariado internacional como un modelo de táctica socialista. Cuando actúan de esta manera, ocultando su genuino e incuestionable rol histórico bajo la hojarasca de los pasos en falso que la necesidad los obligó a dar, prestan un pobre servicio al socialismo internacional por el cual lucharon y sufrieron. Quieren apuntarse como nuevos descubrimientos todas las distorsiones que prescribieron en Rusia le necesidad y la compulsión, que en última instancia son sólo un producto secundario de la bancarrota del socialismo internacional en la actual guerra mundial.

Luxemburgo, Rosa: Crítica de la Revolución Rusa. Biblioteca de Marcha. Montevideo, 1972. Pp 108 y ss.

lunes, 17 de enero de 2011

Sobre el eurocentrismo.

El siguiente texto del sociólogo alemán Max Weber, uno de los padres de la sociología por lo demás, refleja bastante claramente lo que denominamos eurocentrismo. Si bien el interés del libro "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" (del cual este texto es un fragmento de la introducción) rebasa con creces el tema del eurocentrismo (en él se plantea una audaz tesis con respecto al origen del capitalismo y las relaciones entre la economía y la cultura), resulta interesante cómo da cuenta de la forma en que la elite europea se veía a sí misma en relación a otras culturas. 



INTRODUCCIÓN




Cuando un hijo de la moderna civilización europea se dispone a investigar un problema cualquiera de la historia universal, es inevitable y lógico que se lo plantee desde el siguiente punto de vista: ¿qué serie de circunstancias han determinado que precisamente sólo en Occidente hayan nacido ciertos fenómenos culturales, que (al menos, tal como solemos representárnoslos) parecen marcar una dirección evolutiva de universal alcance y validez?


Sólo en Occidente hay "ciencia" en aquella fase de su evolución que reconocemos como "valida" actualmente. A no dudarlo, también en otras partes (India, China, Babilonia, Egipto) ha habido conocimientos empíricos, meditación sobre los problemas del mundo y de la vida, filosofía de matices racionalistas y aun teológicos (aun cuando la elaboración de una teología sistemática haya sido más bien la obra del cristianismo, influenciado por el espíritu helénico; en el Islam y en algunas sectas indias sólo se encuentran atisbos), conocimientos y observaciones tan profundas como agudas. Pero a la astronomía de los babilonios, como a cualquier otra, le faltó la fundamentación matemática, que los helenos fueron los primeros en darle (aun cuando eso mismo hace tanto más asombroso el desenvolvimiento alcanzado por la astrología, sobre todo entre los babilonios). a la geometría le faltó la "demostración" racional, que también fue producto del espíritu helénico, el primero igualmente en crear la mecánica y la física. Las ciencias naturales indias carecieron de la experimentación racional (producto del Renacimiento, salvando algunos fugaces atisbos de la Antigüedad) y del moderno laboratorio; por eso, la medicina (tan desarrollada en la India en el orden empírico-técnico) careció de todo fundamento biológico y bioquímico, singularmente. Ninguna civilización no occidental ha conocido la química racional. A la historiografía china, que alcanzó amplios desenvolvimientos, le falta el pragma tucididiano. Maquiavelo tuvo precursores en la India; pero a la teoría asiática del Estado le falta una sistematización semejante a la aristotélica y toda suerte de conceptos racionales. Fuera de Occidente no existe una ciencia jurídica racional, a pesar de todos los indicios que puedan encontrarse en la India (Escuela de Mimamsa), a pesar de todas las amplias codificaciones y de todos los libros jurídicos, indios o no, puesto que faltaban los esquemas y categorías estrictamente jurídicas del Derecho romano y de todo el Derecho occidental amamantado por él. Algo semejante al Derecho canónico no se conoce fuera de Occidente.


Lo mismo ocurre con el arte. Parece ser que el oído musical estuvo mucho más finamente desarrollado en otros pueblos que actualmente entre nosotros o, en todo caso, no era menos fino que el nuestro. Todos los pueblos conocían la polifonía, la instrumentación, los distintos compases, y, como nosotros, conocían y combinaban los intervalos tónicos racionales; pero sólo en Occidente ha existido la música armónica racional (contrapunto, armonía), la composición musical sobre la base de los tres tritonos y la tercera armónica, nuestra cromática y nuestra enarmonía (que sólo a partir del Renacimiento han sido conocidas racionalmente como elementos de la armonización), nuestra orquesta con su cuarteto de cuerda como núcleo y la organización del conjunto de instrumentos de viento, el bajo fundamental, nuestro pentagrama (que hace posible la composición y ejecución de las modernas obras musicales y asegura, por tanto, su duración en el tiempo), nuestras sonatas, sinfonías y óperas (a pesar de que siempre ha habido música de programa y de que todos los músicos han empleado como medio de expresión musical el matizado, la alteración de tonos, la cromática) y, como medios de ejecución, nuestros instrumentos básicos: órgano, piano y violines,


El arco en ojiva se conoció en la Antigüedad y en Asia como motivo decorativo; al parecer, también en Oriente se conocía la bóveda ojival esquifada. Pero fuera de Occidente no se conoce la utilización racional de la bóveda gótica como medio de distribuir y abovedar espacios libremente construidos y, sobre todo, como principio constructivo de grandes edificaciones monumentales y como fundamento de un estilo aplicable por igual a la escultura y la pintura, como supo crearlo la Edad Media. Y también falta (a pesar de que el Oriente había suministrado los fundamentos técnicos) aquella solución al problema de las cúpulas y aquella especie de "clásica" racionalización de todo el arte (debida en la pintura a la utilización de la perspectiva y la luz), que creó entre nosotros el Renacimiento. En China hubo productos del arte tipográfico; pero sólo en Occidente ha nacido una literatura impresa, destinada a la impresión y sólo viable por ella: la "prensa" y las "revistas". En China y en el Islam ha habido Escuelas Superiores de todo linaje, incluso con la máxima semejanza a nuestras Universidades y Academias. Pero el cultivo sistematizado y racional de las especialidades científicas, la formación del "especialista" como elemento dominante de la cultura, es algo que sólo en Occidente ha sido conocido Producto occidental es también el funcionario especializado, piedra angular del Estado moderno y de la moderna economía europea; fuera de Occidente, el funcionario especializado no ha tenido jamás una tan fundamental importancia para el orden social. Es claro que el "funcionario", incluso el funcionario especializado, es un producto antiquísimo de las más diversas culturas. Pero ningún país ni ninguna época se ha visto tan inexorablemente condenado como el Occidente a encasillar toda nuestra existencia, todos los supuestos básicos de orden político, económico y técnico de nuestra vida en los estrechos moldes de una organización de funcionarios especializados, de los funcionarios estatales, técnicos, comerciales y especialmente jurídicos, como titulares de las funciones más importantes de la vida social.


También ha estado muy extendida la organización escarmentaría de las corporaciones políticas y sociales; pero sólo Europa ha conocido el Estado estamentario: rex et regnum, en sentido occidental. Y, desde luego, sólo el Occidente ha creado parlamentos con "representantes del pueblo" periódicamente elegidos, con demagogos y gobierno de los líderes como ministros responsables ante el parlamento: aun cuando es natural que en todo el mundo ha habido "partidos" en el sentido de organizaciones que aspiraban a conquistar o, al menos, influir en el poder. También el Occidente es el único que ha conocido el "Estado" como organización política, con una "constitución" racionalmente establecida, con un Derecho racionalmente estatuído y una administración por funcionarios especializados guiada por reglas racionales positivas: las "leyes"; fuera de Occidente, todo esto se ha conocido de modo rudimentario, pero siempre faltó esta esencial combinación de los elementos característicos decisivos.

Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Ediciones península. Barcelona 1994; pp 5-8.