miércoles, 2 de marzo de 2011

EL COMERCIO Y LA CRISIS COLONIAL: TEXTO DE SERGIO VILLALOBOS.

Publicado originalmente en 1968, el texto del historiador chileno Sergio Villalobos "El comercio y la crisis colonial" plantea una polémica hipótesis: el control español sobre el comercio de y hacia sus colonias (y particularmente en el caso de Chile) ya se había derrumbado hacia finales del siglo XVIII. La situación comercial en Chile previo a la independencia no era la de una colonia impedida de importar o de exportar, sino la de un mercado donde se realizaba un comercio constante con países europeos y con otras colonias españolas.
Esta hipótesis sin duda que nos invita a repensar las tradicionales explicaciones sobre el proceso de independencia, que ponen un énfasis en el monopolio como un antecedente fundamental. El texto que entregamos es un extracto de las conclusiones que el autor presneta, a modo de síntesis de su trabajo.

Lejos de existir una situación precaria de escasez de mercaderías importadas, de precios muy altos y de barreras que impedían la exportación de productos coloniales, los hechos demuestran, hasta alcanzar rasgos asombrosos, que en general el mercado chileno estuvo bien provisto de especies europeas, muchas veces con tal exceso que provocaban la saturación hasta el punto que los precios solían descender dejando fuertes pérdidas a los mercaderes; y que las posibilidades de enviar los productos chilenos a otros mercados, incluso el europeo y el asiático en menor grado, estaban dadas por la reglamentación vigente.
La importación de manufacturas europeas fue intensa desde los comienzos del siglo XVIII y con el correr de los años se acentuó notablemente. Sólo los períodos de guerra marcaban lapsos en que se dejaba sentir escasez y alza de precios; pero en las últimas décadas ni los períodos de beligerancia lograron cortar la infinidad de canales que abastecían al continente americano.
Esa misma liberalidad en el tráfico de importación se notaba en el de exportación, de modo que el envío de productos a las demás colonias de España, a las colonias extranjeras, a los países amigos y neutrales y aun a los enemigos, eran realidades que cualquier comerciante hábil y audaz podía aprovechar. Cierto que en el hecho la exportación era mucho más restringida que la importación; pero ello no se debía a una política deliberada; era la resultante fatal de las condiciones económicas reinantes: las manufacturas de los países altamente industrializados penetraban fácilmente en los mercados consumidores, mientras que los productos no elaborados, las materias primas de las colonias, no tenían vías tan fáciles de penetración en el mercado mundial. En el caso de Chile, nuestro país no disponía de productos muy apetecidos y sólo el cobre encontraba salida, que por cierto no era muy cuantiosa. Sería necesaria la gran transformación industrial europea del siglo XIX para aumentar la demanda del metal rojo; pero por entonces sus posibilidades eran limitadas.
[…]
La desenvoltura alcanzada por el comercio fue la consecuencia de las medidas de la corona, que dieron impulso tanto al tráfico interno como al externo. Tan importantes fueron las transformaciones en este último sentido, que puede afirmarse que las colonias americanas se encontraban ligadas a las plazas extranjeras y, por lo tanto, que el monopolio de la metrópoli virtualmente no existía.
Sin embargo, debe dejarse bien claro que España nunca renunció al monopolio y que si permitió el comercio de sus colonias con los extranjeros, se debió únicamente a circunstancias de emergencia y a la presión de necesidades ineludibles que, desgraciadamente para ella, llegaron a convertirse en situación permanente en las últimas décadas de su dominación.
No hubo una legislación con intenciones liberales y generosas, sino que todas las disposiciones que permitieron el contacto con el comercio extranjero se dictaron a regañadientes y en contradicción con los deseos e intereses metropolitanos.
Por una parte, el crecimiento de las colonias y el natural aumento de sus necesidades en cantidad y calidad, y, por otra parte, el desarrollo industrial de Inglaterra y otras potencias, tenían que hacer fracasar el monopolio y mientras unos esperaban con avidez las manufacturas, los otros se lanzaban con sus cargamentos al asalto de los puertos americanos. Esas fueron las fuerzas que doblaron la mano enflaquecida y débil de la política madrileña.
Junto con el comercio legal, acrecentando el volumen del tráfico, se realizaba el contrabando, cuya intensidad es difícil de apreciar, aunque al parecer no tuvo la importancia del comercio legítimo.
El contrabando no fue una actividad semipirática realizada en caletas abandonadas o con el rostro cubierto en medio de la oscuridad de la noche, sino que se efectuó a pleno día, en los puertos y en medio de cortesías y reverencias, mediando quizás algunas bolsas con buenos patacones. Fue una actividad desarrollada al amparo de las últimas reformas, aprovechándose de interpretaciones torcidas de los reglamentos y permisos o engañando de cualquier forma; era un contrabando que tenía sus trámites, expedientes, papel sellado y vistas fiscales y que en ocasiones hasta pagaba impuestos. Sólo circunstancialmente adquiría formas burdas y violentas.

Villalobos R., Sergio. El comercio y la crisis colonial. Santiago: Universitaria, 1989. Pp 260-264.

lunes, 7 de febrero de 2011

Crítica de la revolución rusa.


La revolución rusa  fue uno de los sucesos más polémicos del siglo XX a nivel mundial. Prácticamente desde sus comienzos fue criticada furibundamente por sus detractores y defendida con ardor por sus partidarios en todo el mundo Con el ascenso de Stalin se hizo evidente la enorme represión que desde el Estado se ejercía sobre los sectores disidentes y sobre diversos grupos sociales, recibiendo entonces críticas tanto desde la derecha como desde sectores de izquierda.
Sin embargo incluso cuando Lenin era el máximo líder hubo voces que, desde la propia izquierda, plantearon criticas al carácter poco democrático que la revolución iba tomando. Resultan interesantes esas críticas  no sólo porque tienen un carácter anticipatorio, sino también porque vienen "desde adentro"; critican a la revolución rusa por defraudar los propios ideales del socialismo.
Una de esas voces fue la de Rosa Luxemburgo, prestigiosa intelectual revolucionaria alemana-polaca. En su texto "Crítica de la revolución rusa", enjuició con energía la traición a la democracia que se incubaba, a juicio de ella, en la revolución rusa.

¿Qué queda realmente? En lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares generales, Lenin y Trotsky implantaron los soviets como única representación verdadera de las masas trabajadoras. Pero con la represión de la vida política en el conjunto del país, la vida de los soviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas de dirigentes partidarios de energía inagotable y experiencia ilimitada. Entre ellos, en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas -en el fondo, entonces, una camarilla- una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir una dictadura en el sentido burgués.

[…]

Pero la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos, quienes, mientras tanto, apoyaron lealmente a un puñado de dictadores socialistas. La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado.
¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular.
[…]
Todo lo que sucede en Rusia es comprensible y refleja una sucesión inevitable de causas y efectos, que comienza y termina en la derrota del proletariado en Alemania y la invasión de Rusia por el imperialismo alemán. Seria exigirles algo sobrehumano a Lenin y sus camaradas pretender que en tales circunstancias apliquen la democracia más decantada, la dictadura del proletariado más ejemplar y una floreciente economía socialista. Por su definida posición revolucionaria, su fuerza ejemplar en la acción, su inquebrantable lealtad al socialismo internacional, hicieron todo lo posible en condiciones tan endiabladamente difíciles. El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias, recomendándolas al proletariado internacional como un modelo de táctica socialista. Cuando actúan de esta manera, ocultando su genuino e incuestionable rol histórico bajo la hojarasca de los pasos en falso que la necesidad los obligó a dar, prestan un pobre servicio al socialismo internacional por el cual lucharon y sufrieron. Quieren apuntarse como nuevos descubrimientos todas las distorsiones que prescribieron en Rusia le necesidad y la compulsión, que en última instancia son sólo un producto secundario de la bancarrota del socialismo internacional en la actual guerra mundial.

Luxemburgo, Rosa: Crítica de la Revolución Rusa. Biblioteca de Marcha. Montevideo, 1972. Pp 108 y ss.

lunes, 17 de enero de 2011

Sobre el eurocentrismo.

El siguiente texto del sociólogo alemán Max Weber, uno de los padres de la sociología por lo demás, refleja bastante claramente lo que denominamos eurocentrismo. Si bien el interés del libro "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" (del cual este texto es un fragmento de la introducción) rebasa con creces el tema del eurocentrismo (en él se plantea una audaz tesis con respecto al origen del capitalismo y las relaciones entre la economía y la cultura), resulta interesante cómo da cuenta de la forma en que la elite europea se veía a sí misma en relación a otras culturas. 



INTRODUCCIÓN




Cuando un hijo de la moderna civilización europea se dispone a investigar un problema cualquiera de la historia universal, es inevitable y lógico que se lo plantee desde el siguiente punto de vista: ¿qué serie de circunstancias han determinado que precisamente sólo en Occidente hayan nacido ciertos fenómenos culturales, que (al menos, tal como solemos representárnoslos) parecen marcar una dirección evolutiva de universal alcance y validez?


Sólo en Occidente hay "ciencia" en aquella fase de su evolución que reconocemos como "valida" actualmente. A no dudarlo, también en otras partes (India, China, Babilonia, Egipto) ha habido conocimientos empíricos, meditación sobre los problemas del mundo y de la vida, filosofía de matices racionalistas y aun teológicos (aun cuando la elaboración de una teología sistemática haya sido más bien la obra del cristianismo, influenciado por el espíritu helénico; en el Islam y en algunas sectas indias sólo se encuentran atisbos), conocimientos y observaciones tan profundas como agudas. Pero a la astronomía de los babilonios, como a cualquier otra, le faltó la fundamentación matemática, que los helenos fueron los primeros en darle (aun cuando eso mismo hace tanto más asombroso el desenvolvimiento alcanzado por la astrología, sobre todo entre los babilonios). a la geometría le faltó la "demostración" racional, que también fue producto del espíritu helénico, el primero igualmente en crear la mecánica y la física. Las ciencias naturales indias carecieron de la experimentación racional (producto del Renacimiento, salvando algunos fugaces atisbos de la Antigüedad) y del moderno laboratorio; por eso, la medicina (tan desarrollada en la India en el orden empírico-técnico) careció de todo fundamento biológico y bioquímico, singularmente. Ninguna civilización no occidental ha conocido la química racional. A la historiografía china, que alcanzó amplios desenvolvimientos, le falta el pragma tucididiano. Maquiavelo tuvo precursores en la India; pero a la teoría asiática del Estado le falta una sistematización semejante a la aristotélica y toda suerte de conceptos racionales. Fuera de Occidente no existe una ciencia jurídica racional, a pesar de todos los indicios que puedan encontrarse en la India (Escuela de Mimamsa), a pesar de todas las amplias codificaciones y de todos los libros jurídicos, indios o no, puesto que faltaban los esquemas y categorías estrictamente jurídicas del Derecho romano y de todo el Derecho occidental amamantado por él. Algo semejante al Derecho canónico no se conoce fuera de Occidente.


Lo mismo ocurre con el arte. Parece ser que el oído musical estuvo mucho más finamente desarrollado en otros pueblos que actualmente entre nosotros o, en todo caso, no era menos fino que el nuestro. Todos los pueblos conocían la polifonía, la instrumentación, los distintos compases, y, como nosotros, conocían y combinaban los intervalos tónicos racionales; pero sólo en Occidente ha existido la música armónica racional (contrapunto, armonía), la composición musical sobre la base de los tres tritonos y la tercera armónica, nuestra cromática y nuestra enarmonía (que sólo a partir del Renacimiento han sido conocidas racionalmente como elementos de la armonización), nuestra orquesta con su cuarteto de cuerda como núcleo y la organización del conjunto de instrumentos de viento, el bajo fundamental, nuestro pentagrama (que hace posible la composición y ejecución de las modernas obras musicales y asegura, por tanto, su duración en el tiempo), nuestras sonatas, sinfonías y óperas (a pesar de que siempre ha habido música de programa y de que todos los músicos han empleado como medio de expresión musical el matizado, la alteración de tonos, la cromática) y, como medios de ejecución, nuestros instrumentos básicos: órgano, piano y violines,


El arco en ojiva se conoció en la Antigüedad y en Asia como motivo decorativo; al parecer, también en Oriente se conocía la bóveda ojival esquifada. Pero fuera de Occidente no se conoce la utilización racional de la bóveda gótica como medio de distribuir y abovedar espacios libremente construidos y, sobre todo, como principio constructivo de grandes edificaciones monumentales y como fundamento de un estilo aplicable por igual a la escultura y la pintura, como supo crearlo la Edad Media. Y también falta (a pesar de que el Oriente había suministrado los fundamentos técnicos) aquella solución al problema de las cúpulas y aquella especie de "clásica" racionalización de todo el arte (debida en la pintura a la utilización de la perspectiva y la luz), que creó entre nosotros el Renacimiento. En China hubo productos del arte tipográfico; pero sólo en Occidente ha nacido una literatura impresa, destinada a la impresión y sólo viable por ella: la "prensa" y las "revistas". En China y en el Islam ha habido Escuelas Superiores de todo linaje, incluso con la máxima semejanza a nuestras Universidades y Academias. Pero el cultivo sistematizado y racional de las especialidades científicas, la formación del "especialista" como elemento dominante de la cultura, es algo que sólo en Occidente ha sido conocido Producto occidental es también el funcionario especializado, piedra angular del Estado moderno y de la moderna economía europea; fuera de Occidente, el funcionario especializado no ha tenido jamás una tan fundamental importancia para el orden social. Es claro que el "funcionario", incluso el funcionario especializado, es un producto antiquísimo de las más diversas culturas. Pero ningún país ni ninguna época se ha visto tan inexorablemente condenado como el Occidente a encasillar toda nuestra existencia, todos los supuestos básicos de orden político, económico y técnico de nuestra vida en los estrechos moldes de una organización de funcionarios especializados, de los funcionarios estatales, técnicos, comerciales y especialmente jurídicos, como titulares de las funciones más importantes de la vida social.


También ha estado muy extendida la organización escarmentaría de las corporaciones políticas y sociales; pero sólo Europa ha conocido el Estado estamentario: rex et regnum, en sentido occidental. Y, desde luego, sólo el Occidente ha creado parlamentos con "representantes del pueblo" periódicamente elegidos, con demagogos y gobierno de los líderes como ministros responsables ante el parlamento: aun cuando es natural que en todo el mundo ha habido "partidos" en el sentido de organizaciones que aspiraban a conquistar o, al menos, influir en el poder. También el Occidente es el único que ha conocido el "Estado" como organización política, con una "constitución" racionalmente establecida, con un Derecho racionalmente estatuído y una administración por funcionarios especializados guiada por reglas racionales positivas: las "leyes"; fuera de Occidente, todo esto se ha conocido de modo rudimentario, pero siempre faltó esta esencial combinación de los elementos característicos decisivos.

Weber, Max. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Ediciones península. Barcelona 1994; pp 5-8.

viernes, 10 de septiembre de 2010

"Desgarros y utopías en la pampa salitrera" (fragmento). Texto del historiador chileno Julio Pinto.

Presentación.

Hace exactamente un siglo, desde la Plaza Montt de Iquique (hoy transformada en el mercado Central de esa ciudad), tropas del ejército y marinería, al mando del general Roberto Silva Renard, abrieron fuego sobre obreros y pampinos en huelga previamente concentrados en la escuela Domingo Santa María. La matanza resultante, grabada a fuego en la memoria colectiva de nuestro país, se constituyó en la más dramática expresión del abismo que había llegado a separar a la emergente clase obrera de sus empleadores y de las “clases acomodadas” en general, así como de una autoridad gubernamental que, en teoría al menos, tenía el deber de velar por los intereses generales del cuerpo social, pero que en la práctica recurría cada vez con mayor frecuencia al expediente de dirigir en contra de su propio pueblo el poder armado puesto a su cuidado para la defensa de la nación. Así había ocurrido en la misma ciudad de Iquique diecisiete años antes, cuando otros huelguistas del puerto y la pampa amagaron el orden social y la autoridad patronal. Así también había ocurrido en Valparaíso en 1903, en Santiago en 1905 y en Antofagasta en 1906. Y así ocurriría posteriormente en Puerto Natales, en Punta Arenas, en San Gregorio y La Coruña. Se declaraba por aquellos años en Chile, como en el resto de América Latina, ese enconamiento de las contradicciones sociales que hemos llegado a conocer como “la cuestión social”, definida por el sociólogo francés Robert Castel como el momento en que “una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura”. Corrían, como lo reveló Santa María de Iquique y todas las otras matanzas recordadas, tiempos de profundos desgarros.
            Pero como suele ocurrir en las épocas situadas bajo ese signo, la crisis sirvió también para motivar profundas reflexiones, incluso o sobre todo entre los sectores más victimizadas, sobre el carácter mismo de la sociedad que se desgarraba (lo que Castel denominaría “el enigma de su cohesión”) y sobre la necesidad de introfuvir en ella cambios que la hicieran más justa y adecuada para una convivencia verdaderamente humana (las tentativas, diría Castel, de “conjurar el resigo de su fractura”). En el límite, y ante la negativa de las clases dirigentes de atender las demandas más elementales, o incluso de reconocer la existencia misma de la crisis (“en Chile no existe la cuestión social”, diría más de alguno de sus principales personeros), algunos pensadores más audaces se plantearon abiertamente la superación del orden de cosas existente, y llamaron a reconstruir la sociedad sobre bases más igualitarias y conducentes a la felicidad común. Así, si bien la mayoría de los huelguistas que en diciembre de 1907 descendieron a Iquique perseguía la satisfacción de reivindicaciones más bien modestas (supresión del pago en fichas, libertad de comercio en las oficinas, protección contra accidentes laborales), entre sus dirigentes figuraban experimentados cuadros obreros como Luis Olea, vinculado desde antiguo al pensamiento y a la acción anarquista, que situaban dicho conflicto en un plano mucho más programático. Asimismo, entre sus testigos había obreros pampinos como Elías Lafertte, quien algunos años después se convertiría en uno de los primeros militantes del Partido Obrero Socialista, formado precisamente para reemplazar el sistema capitalista por uno donde teóricamente no iban a tener cabida situaciones como las que habían motivado la matanza de la Esuela Santa María. La cuestión social, en otras palabras, no era sólo un tiempo de desgarros, era también un tiempo propicio para las utopías.

martes, 7 de septiembre de 2010

Vicente Huidrobro: Balance Patriótico. (fragmento)

El poeta inglés pudo decir: “Algo huele a podrido en Dinamarca”, pero nosotros, más desgraciados que él, nos veremos obligados a decir: “Todo huele a podrido en Chile”.
Un gran banquero alemán decía en una ocasión a un ex encargado de negocios de Chile en Austria: “Los políticos chilenos se cotizan como las papas”, y un magnate de las finanzas francesas decía otra vez, y esto lo oí yo: “Desde que a los políticos argentinos les dio por ponerse honrados, el gran panizo para los negocios es Chile”.
Y esos prohombres de la política chilena, esos señores que entregarían el país maniatado por una sonrisa de Lord Curzon y unos billetes de Guggenheim, no se dan cuenta que cada vez que esos hombres les dan la mano, les escupen el rostro.
¡Qué desprecio deben sentir los señores del cobre por sus abogados!
¡Qué asco debe sentir en el fondo de su alma el amo de nuestras fuerzas eléctricas por los patrióticos tinterillos que defienden sus intereses en desmedro de los intereses del país!
Y no es culpa del extranjero que viene a negocios en nuestra tierra. Se compra lo que se vende; en un país en donde se vende conciencias, se compra conciencias. La vergüenza es para el país. El oprobio es para el vendido, no para el comprador.
Frente a la antigua oligarquía chilena, que cometió muchos errores, pero que no se vendía, se levanta hoy una nueva aristocracia de la banca, sin patriotismo, que todo lo cotiza en pesos y para la cual la política vale tanto cuanto sonante pueda sacarse de ella. Ni la una ni la otra de estas dos aristocracias ha producido grandes hombres, pero la primera, la de los apellidos vinosos, no llegó nunca a la impudicia de esta obra de los apellidos bancosos.
La historia financiera de Chile se resume en la biografía de unos cuantos señores que asaltaban el erario nacional, como Pancho Falcato asaltaba las casas de una hacienda. Pero aquéllos más cobardes que éste, porque el célebre bandido por lo menos exponía su pellejo.
¡Pobre Chile! Un país que ha tenido por toda industria el aceite de Santa Filomena y los dulces de la Antonia Tapia. (Chile tiene hierro, Chile entero es un gran bloque de hierro y no posee Altos Hornos. La Argentina no tiene hierro y tiene Altos Hornos).
¿Y la Justicia? La Justicia de Chile haría reír, si no hiciera llorar. Una Justicia que lleva en un platillo de la balanza la verdad y en el otro platillo, un queso. La balanza inclinada del lado del queso.
Nuestra Justicia es un absceso putrefacto que empesta el aire y hace la atmósfera irrespirable. Dura o inflexible para los de abajo, blanda y sonriente con los de arriba. Nuestra Justicia está podrida y hay que barrerla en masa. Judas sentado en el tribunal después de la crucificación, acariciando en su bolsillo las treinta monedas de su infamia, mientras interroga a un ladrón de gallinas. Una Justicia tuerta. El ojo que mira a los grandes de la tierra, sellado, lacrado por un peso fuerte y sólo abierto el otro, el que se dirige a los pequeños, a los débiles.
Buscáis a los agitadores en el pueblo. No, mil veces no; el más grande agitador del pueblo es la Injusticia, eres tú mismo que andas buscando a los agitadores de abajo y olvidas a los de arriba.
Las instituciones, las leyes, acaso no sean malas, pero nunca hemos tenido hombres, nunca hemos tenido un alma, nos ha faltado el Hombre.
El pueblo lo siente, lo presiente y se descorazona, se desalienta, ya no tiene energías ni para irritarse, se muere automáticamente como un carro cargado de muertos que sigue rodando por el impulso adquirido.

Discurso de Arturo Alessandri ante la convención del Partido Liberal en su proclamación como candidato. 25 Abril 1920.

La historia de los pueblos, en su marcha siempre ascendente hacia el  progreso, está marcada por etapas y ciclos que representan inmensas y superpuestas graderías, que marcan períodos bien diversos y definidos, tal como la corteza terrestre marca y diseña en las páginas gigantescas de su libro de rocas, los diversos períodos de su evolución geológica.
En los momentos actuales, la humanidad entera atraviesa por uno de aquellos grandes periodos que marcan una gran transformación social; asistimos, ciertamente, al nacimiento de un nuevo régimen, y es ciego y sordo quien no quiera verlo y sentirlo.
De un extremo a otro del universo surge una exigencia perentoria, reconocida por todos los pensadores y por los más eminentes estadistas, en orden a resolver con criterio de estricta justicia y equidad los derechos que reclama el proletariado en nombre de la solidaridad, del orden y la conveniencia social.
El progreso económico de los pueblos, que es la atención preferente de todo gobierno racionalmente organizado, es la resultante precisa del esfuerzo personal del individuo y del capital que utiliza y remunera ese esfuerzo. En consecuencia, si el proletariado que representa el músculo, el vigor, el esfuerzo inteligente en el inmenso laboratorio económico donde se genera la riqueza de los países, es un factor eficiente y necesario del progreso, debe ser atendido, protegido y amparado. Hay para ello razones morales de justicia y razones materiales de conveniencia.
En los precisos momentos en que hablo, la opinión publica sigue con afanosa atención un movimiento huelguista que tiene suspendidas y paralizadas las faenas carboníferas del sur de la República. No es el momento oportuno para analizar las causas u orígenes de aquel movimiento. No me corresponde, tampoco, en esta ocasión pronunciarme respecto de quienes tienen la justicia. Baste solo para mi objeto, comprobar el hecho. Hay una gran huelga que se prolonga, lleva ella el hambre, la miseria y el dolor a muchos miles de nuestros conciudadanos. Pesan los sufrimientos, caen las horas de angustia no solamente sobre los hombres, sino también sobre las mujeres y los niños.
El capitalista se perjudica también en sus intereses, la sociedad entera se siente afectada, perturbado el servicio de ferrocarriles, dañada la economía general del país.
Esta situación desastrosa va, además, cavando poco a poco un abismo de enconos y de rencores entre el capitalista y el obrero, factores ambos del progreso nacional, socios comunes en la vida económica de los pueblos, cuyo crecimiento y prosperidad esta precisamente basado en la armonía que debe presidir las relaciones de aquellos dos grandes factores obligados de toda prosperidad y de toda grandeza.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Huelga de la Carne (Sergio Grez)


El siguiente texto corresponde al trabajo de Sergio Grez, “Una Mirada al Movimiento Popular Desde dos Asonadas Callejeras (Santiago, 1888-1905)”, publicado en La Revista de Estudios Históricos del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile. En él se hace una aproximación a dos asonadas callejeras: “La huelga de los tranvías” de 1888 y la “huelga de la carne” de 1905- El fragmento que presentamos corresponde a esta segunda movilización. En él se da cuenta de cómo estas manifestaciones, siendo inicialmente pacíficas y llevadas a cabo por las organizaciones obreras y artesanales existentes, terminaban escapándoseles de las manos a estas organizaciones, adquiriendo características violentas y caóticas.
La reivindicación de la abrogación del impuesto al ganado extranjero internado en el país no era nueva. Ya en 1888 el Partido Democrático y las organizaciones populares habían implementado exitosamente una primera movilización contra un proyecto de ley presentado a la Cámara de Diputados para establecer un impuesto al ganado argentino que beneficiaría a los grandes productores chilenos del mismo ramo. Las peticiones y manifestaciones organizadas en Santiago y Valparaíso lograron que la moción legislativa fuera retirada de la Cámara de Diputados[23]. Sin embargo, en 1897 otro proyecto del mismo tipo fue aprobado, iniciándose al poco tiempo una nueva campaña destinada a obtener la derogación de la ley que golpeaba con dureza el consumo de los sectores populares[24]. En octubre de 1905 la protesta de las asociaciones de trabajadores alcanzó su punto más alto. En ciudades grandes y pequeñas se sucedieron manifiestos, petitorios y meetings abolicionistas, casi siempre bajo la conducción de las mutuales. El 22 de ese mes se realizaron manifestaciones en todo el país. El acto central efectuado en la capital debía culminar con la entrega de sus conclusiones al Presidente de la República[25].
A pesar del carácter legalista, ordenado y respetuoso del movimiento, la demostración pacífica en Santiago degeneró en violenta asonada de la siguiente manera, según un informe policial presentado el 23 de octubre al tribunal encargado de investigar los hechos y juzgar a los detenidos:
“[...] el sábado próximo pasado circulaban proclamas de todas las sociedades obreras convocando a un meeting que debía tener lugar ayer en la estatua de O’Higgins para pedir a S. E., la abolición del impuesto al ganado argentino. Estas proclamas recomendaban la mayor tranquilidad y compostura y las investigaciones practicadas por esta sección en orden a establecer los propósitos con que el pueblo concurriría al meeting confirmaban plenamente las recomendaciones que se hacían en estas proclamas.
A la hora de la citación se reunieron alrededor de doce mil hombres de los cuales seis mil, a lo menos pertenecían a la clase obrera y llevaban estandarte con lemas alusivos al objeto de la reunión, sin que ninguno de ellos significara propósitos de trastornar el orden público.
Previa la colocación en fila de a dos, tomaron los manifestantes las calles de Morandé torciendo por la de Moneda hasta enfrentar la puerta del palacio, donde se detuvieron para preguntar si S. E. podría recibir a la comisión encargada de entregarle las conclusiones del meeting. El oficial de guardia Sr. Belarmino Fuenzalida les manifestó que S. E. esperaba en su casa y los obreros se dirigieron a ella siendo la comisión recibida y despachada después de cortos instantes de conferencia con el Presidente quien salió en seguida al balcón y presenció el desfile de siete o seis mil obreros que se condujeron con todo orden y compostura como lo habían prometido.
Mientras esto ocurría el otro grupo de seis mil personas entre los cuales había muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada. El jefe de la guardia Sr. Fuenzalida hizo grandes esfuerzos para convencerlos de que su deber les impedía permitirles la entrada al palacio, conducta que les hizo irrumpir en gritos y amenazar lanzándose a viva fuerza a romper la entrada”[26].
A partir de ese momento se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales.
En 1905 se repitieron, de manera aún más nítida que en 1888, los comportamientos y actitudes que tradicionalmente habían diferenciado a los trabajadores organizados de la masa de desheredados compuesta por gañanes, jornaleros y trabajadores ocasionales no adscritos a ninguna organización social, además de numerosos delincuentes ávidos de saqueo. Mientras -según todos los testimonios- los primeros actuaron disciplinadamente, respondiendo a las consignas de orden de sus asociaciones y dirigentes, los “marginales” aportaron el mayor número de personas implicadas en la revuelta, la violencia y el pillaje. De acuerdo con un parte de policía referido a los sucesos del 22 y 23 de octubre:
“El aspecto de la mayor parte de los individuos que andaban en las pobladas [...] era siniestro y revelaba claramente su procedencia de las últimas capas sociales del pueblo, y no era difícil distinguir entre ellos a muchos rateros, ladrones y delincuentes conocidos de antemano por la policía, a mucha gente de mal vivir, a agitadores de profesión, y a la chusma que siempre está lista para acompañar cualquier manifestación contra el orden público en donde pueda ella entregarse al libertinaje del robo y del saqueo”[27].
La misma visión predominó en los políticos de la elite. El diputado liberal Irarrázaval Zañartu afirmó que la “avalancha humana” autora de los saqueos y destrucciones, estaba compuesta:
“[...] por hombres sin oficio, sin hogar, de esos que en Chile todavía no saben leer, ni reconocen domicilio, almas salvajes y bravías hasta cuyo fondo obscuro no han llegado ni la enseñanza del Estado, ni la protección de la sociedad, ni el halago de un interés positivo y permanente, ni siquiera la noción sencilla y elemental de los deberes que corresponden al hombre y de la dignidad del ciudadano”[28].
En un análisis más fino, Malaquías Concha, líder de la fracción demócrata moderada, sostuvo en la Cámara de Diputados que entre los participantes en el desfile del domingo se podían distinguir tres grupos: los miembros de las sociedades obreras, respetuosos, organizados, de comportamiento irreprochable; la masa trabajadora, “generalmente no asociable y fácilmente excitable, influenciada a veces por las injusticias que tiene que soportar” y, finalmente, “los malhechores de todo orden que se anidan en el bajo fondo de la sociedad”[29].
Nadie puso en duda la actitud legalista, pacífica y ordenada de las asociaciones populares, ratificada en sus comunicados[30] y en la decisión de sus homólogas de Valparaíso, Los Andes, Concepción, Talcahuano, Coronel y Lota de suspender, en aras de la paz, las manifestaciones previstas para los días siguientes[31].
En rigor, al igual que en 1888, al comienzo de la “huelga de la carne” el deslinde no fue claro. Durante el desfile del domingo 22, en torno a las sociedades obreras se agregaron numerosas “pobladas” de “rotosos” carentes de organización. Hasta el segundo día de incidentes (lunes 23) distintas categorías populares, fundamentalmente obreros en huelga, como los del aseo, de la fundición Libertad, la Maestranza y de diversos talleres ferroviarios, de las Cervecerías Unidas, la empresa del alcantarillado, la construcción, el Matadero y otros aparecían confundidos con la masa marginal, según dio cuenta la fuente policial citada más arriba:
“[...] andaban mezclados con estas turbas conocidos obreros y hombres de trabajo quienes, en mi concepto, engañados sobre el verdadero objetivo que tenía el movimiento y creyéndolo tal vez una simple manifestación popular en favor de la abolición del impuesto al ganado argentino se prestaron durante varias horas a que con ellos los huelguistas hiciesen una especie de réclame a sus desórdenes y a que por consideración a ellos, que son gente ordenada y de trabajo, la policía no procediese desde el primer momento con la energía con que procedió después cuando ya los obreros se habían separado de la chusma y entró esta a dar expansión franca a sus propósitos de saqueo”[32].
Una de las “pobladas” más numerosas que se enfrentó a la policía se formó durante la mañana del 23 de octubre, en las inmediaciones de la Estación Central. Una masa, de no menos de 3.500 individuos, intentó suspender el tráfico ferroviario, asaltando y apedreando un tren de pasajeros. Luego de ser rechazados por la policía, estos manifestantes convergieron con otros huelguistas avanzando por la Alameda hacia el centro de la ciudad y dejando tras de sí una estela de destrucción[33].
Aunque la turba continuó depredando negocios, edificios públicos y puestos de policía, a la media tarde se produjo la separación de aguas, retirándose la mayor parte de los obreros y aumentando la intensidad de los saqueos[34].