viernes, 10 de septiembre de 2010

"Desgarros y utopías en la pampa salitrera" (fragmento). Texto del historiador chileno Julio Pinto.

Presentación.

Hace exactamente un siglo, desde la Plaza Montt de Iquique (hoy transformada en el mercado Central de esa ciudad), tropas del ejército y marinería, al mando del general Roberto Silva Renard, abrieron fuego sobre obreros y pampinos en huelga previamente concentrados en la escuela Domingo Santa María. La matanza resultante, grabada a fuego en la memoria colectiva de nuestro país, se constituyó en la más dramática expresión del abismo que había llegado a separar a la emergente clase obrera de sus empleadores y de las “clases acomodadas” en general, así como de una autoridad gubernamental que, en teoría al menos, tenía el deber de velar por los intereses generales del cuerpo social, pero que en la práctica recurría cada vez con mayor frecuencia al expediente de dirigir en contra de su propio pueblo el poder armado puesto a su cuidado para la defensa de la nación. Así había ocurrido en la misma ciudad de Iquique diecisiete años antes, cuando otros huelguistas del puerto y la pampa amagaron el orden social y la autoridad patronal. Así también había ocurrido en Valparaíso en 1903, en Santiago en 1905 y en Antofagasta en 1906. Y así ocurriría posteriormente en Puerto Natales, en Punta Arenas, en San Gregorio y La Coruña. Se declaraba por aquellos años en Chile, como en el resto de América Latina, ese enconamiento de las contradicciones sociales que hemos llegado a conocer como “la cuestión social”, definida por el sociólogo francés Robert Castel como el momento en que “una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura”. Corrían, como lo reveló Santa María de Iquique y todas las otras matanzas recordadas, tiempos de profundos desgarros.
            Pero como suele ocurrir en las épocas situadas bajo ese signo, la crisis sirvió también para motivar profundas reflexiones, incluso o sobre todo entre los sectores más victimizadas, sobre el carácter mismo de la sociedad que se desgarraba (lo que Castel denominaría “el enigma de su cohesión”) y sobre la necesidad de introfuvir en ella cambios que la hicieran más justa y adecuada para una convivencia verdaderamente humana (las tentativas, diría Castel, de “conjurar el resigo de su fractura”). En el límite, y ante la negativa de las clases dirigentes de atender las demandas más elementales, o incluso de reconocer la existencia misma de la crisis (“en Chile no existe la cuestión social”, diría más de alguno de sus principales personeros), algunos pensadores más audaces se plantearon abiertamente la superación del orden de cosas existente, y llamaron a reconstruir la sociedad sobre bases más igualitarias y conducentes a la felicidad común. Así, si bien la mayoría de los huelguistas que en diciembre de 1907 descendieron a Iquique perseguía la satisfacción de reivindicaciones más bien modestas (supresión del pago en fichas, libertad de comercio en las oficinas, protección contra accidentes laborales), entre sus dirigentes figuraban experimentados cuadros obreros como Luis Olea, vinculado desde antiguo al pensamiento y a la acción anarquista, que situaban dicho conflicto en un plano mucho más programático. Asimismo, entre sus testigos había obreros pampinos como Elías Lafertte, quien algunos años después se convertiría en uno de los primeros militantes del Partido Obrero Socialista, formado precisamente para reemplazar el sistema capitalista por uno donde teóricamente no iban a tener cabida situaciones como las que habían motivado la matanza de la Esuela Santa María. La cuestión social, en otras palabras, no era sólo un tiempo de desgarros, era también un tiempo propicio para las utopías.

martes, 7 de septiembre de 2010

Vicente Huidrobro: Balance Patriótico. (fragmento)

El poeta inglés pudo decir: “Algo huele a podrido en Dinamarca”, pero nosotros, más desgraciados que él, nos veremos obligados a decir: “Todo huele a podrido en Chile”.
Un gran banquero alemán decía en una ocasión a un ex encargado de negocios de Chile en Austria: “Los políticos chilenos se cotizan como las papas”, y un magnate de las finanzas francesas decía otra vez, y esto lo oí yo: “Desde que a los políticos argentinos les dio por ponerse honrados, el gran panizo para los negocios es Chile”.
Y esos prohombres de la política chilena, esos señores que entregarían el país maniatado por una sonrisa de Lord Curzon y unos billetes de Guggenheim, no se dan cuenta que cada vez que esos hombres les dan la mano, les escupen el rostro.
¡Qué desprecio deben sentir los señores del cobre por sus abogados!
¡Qué asco debe sentir en el fondo de su alma el amo de nuestras fuerzas eléctricas por los patrióticos tinterillos que defienden sus intereses en desmedro de los intereses del país!
Y no es culpa del extranjero que viene a negocios en nuestra tierra. Se compra lo que se vende; en un país en donde se vende conciencias, se compra conciencias. La vergüenza es para el país. El oprobio es para el vendido, no para el comprador.
Frente a la antigua oligarquía chilena, que cometió muchos errores, pero que no se vendía, se levanta hoy una nueva aristocracia de la banca, sin patriotismo, que todo lo cotiza en pesos y para la cual la política vale tanto cuanto sonante pueda sacarse de ella. Ni la una ni la otra de estas dos aristocracias ha producido grandes hombres, pero la primera, la de los apellidos vinosos, no llegó nunca a la impudicia de esta obra de los apellidos bancosos.
La historia financiera de Chile se resume en la biografía de unos cuantos señores que asaltaban el erario nacional, como Pancho Falcato asaltaba las casas de una hacienda. Pero aquéllos más cobardes que éste, porque el célebre bandido por lo menos exponía su pellejo.
¡Pobre Chile! Un país que ha tenido por toda industria el aceite de Santa Filomena y los dulces de la Antonia Tapia. (Chile tiene hierro, Chile entero es un gran bloque de hierro y no posee Altos Hornos. La Argentina no tiene hierro y tiene Altos Hornos).
¿Y la Justicia? La Justicia de Chile haría reír, si no hiciera llorar. Una Justicia que lleva en un platillo de la balanza la verdad y en el otro platillo, un queso. La balanza inclinada del lado del queso.
Nuestra Justicia es un absceso putrefacto que empesta el aire y hace la atmósfera irrespirable. Dura o inflexible para los de abajo, blanda y sonriente con los de arriba. Nuestra Justicia está podrida y hay que barrerla en masa. Judas sentado en el tribunal después de la crucificación, acariciando en su bolsillo las treinta monedas de su infamia, mientras interroga a un ladrón de gallinas. Una Justicia tuerta. El ojo que mira a los grandes de la tierra, sellado, lacrado por un peso fuerte y sólo abierto el otro, el que se dirige a los pequeños, a los débiles.
Buscáis a los agitadores en el pueblo. No, mil veces no; el más grande agitador del pueblo es la Injusticia, eres tú mismo que andas buscando a los agitadores de abajo y olvidas a los de arriba.
Las instituciones, las leyes, acaso no sean malas, pero nunca hemos tenido hombres, nunca hemos tenido un alma, nos ha faltado el Hombre.
El pueblo lo siente, lo presiente y se descorazona, se desalienta, ya no tiene energías ni para irritarse, se muere automáticamente como un carro cargado de muertos que sigue rodando por el impulso adquirido.

Discurso de Arturo Alessandri ante la convención del Partido Liberal en su proclamación como candidato. 25 Abril 1920.

La historia de los pueblos, en su marcha siempre ascendente hacia el  progreso, está marcada por etapas y ciclos que representan inmensas y superpuestas graderías, que marcan períodos bien diversos y definidos, tal como la corteza terrestre marca y diseña en las páginas gigantescas de su libro de rocas, los diversos períodos de su evolución geológica.
En los momentos actuales, la humanidad entera atraviesa por uno de aquellos grandes periodos que marcan una gran transformación social; asistimos, ciertamente, al nacimiento de un nuevo régimen, y es ciego y sordo quien no quiera verlo y sentirlo.
De un extremo a otro del universo surge una exigencia perentoria, reconocida por todos los pensadores y por los más eminentes estadistas, en orden a resolver con criterio de estricta justicia y equidad los derechos que reclama el proletariado en nombre de la solidaridad, del orden y la conveniencia social.
El progreso económico de los pueblos, que es la atención preferente de todo gobierno racionalmente organizado, es la resultante precisa del esfuerzo personal del individuo y del capital que utiliza y remunera ese esfuerzo. En consecuencia, si el proletariado que representa el músculo, el vigor, el esfuerzo inteligente en el inmenso laboratorio económico donde se genera la riqueza de los países, es un factor eficiente y necesario del progreso, debe ser atendido, protegido y amparado. Hay para ello razones morales de justicia y razones materiales de conveniencia.
En los precisos momentos en que hablo, la opinión publica sigue con afanosa atención un movimiento huelguista que tiene suspendidas y paralizadas las faenas carboníferas del sur de la República. No es el momento oportuno para analizar las causas u orígenes de aquel movimiento. No me corresponde, tampoco, en esta ocasión pronunciarme respecto de quienes tienen la justicia. Baste solo para mi objeto, comprobar el hecho. Hay una gran huelga que se prolonga, lleva ella el hambre, la miseria y el dolor a muchos miles de nuestros conciudadanos. Pesan los sufrimientos, caen las horas de angustia no solamente sobre los hombres, sino también sobre las mujeres y los niños.
El capitalista se perjudica también en sus intereses, la sociedad entera se siente afectada, perturbado el servicio de ferrocarriles, dañada la economía general del país.
Esta situación desastrosa va, además, cavando poco a poco un abismo de enconos y de rencores entre el capitalista y el obrero, factores ambos del progreso nacional, socios comunes en la vida económica de los pueblos, cuyo crecimiento y prosperidad esta precisamente basado en la armonía que debe presidir las relaciones de aquellos dos grandes factores obligados de toda prosperidad y de toda grandeza.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Huelga de la Carne (Sergio Grez)


El siguiente texto corresponde al trabajo de Sergio Grez, “Una Mirada al Movimiento Popular Desde dos Asonadas Callejeras (Santiago, 1888-1905)”, publicado en La Revista de Estudios Históricos del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile. En él se hace una aproximación a dos asonadas callejeras: “La huelga de los tranvías” de 1888 y la “huelga de la carne” de 1905- El fragmento que presentamos corresponde a esta segunda movilización. En él se da cuenta de cómo estas manifestaciones, siendo inicialmente pacíficas y llevadas a cabo por las organizaciones obreras y artesanales existentes, terminaban escapándoseles de las manos a estas organizaciones, adquiriendo características violentas y caóticas.
La reivindicación de la abrogación del impuesto al ganado extranjero internado en el país no era nueva. Ya en 1888 el Partido Democrático y las organizaciones populares habían implementado exitosamente una primera movilización contra un proyecto de ley presentado a la Cámara de Diputados para establecer un impuesto al ganado argentino que beneficiaría a los grandes productores chilenos del mismo ramo. Las peticiones y manifestaciones organizadas en Santiago y Valparaíso lograron que la moción legislativa fuera retirada de la Cámara de Diputados[23]. Sin embargo, en 1897 otro proyecto del mismo tipo fue aprobado, iniciándose al poco tiempo una nueva campaña destinada a obtener la derogación de la ley que golpeaba con dureza el consumo de los sectores populares[24]. En octubre de 1905 la protesta de las asociaciones de trabajadores alcanzó su punto más alto. En ciudades grandes y pequeñas se sucedieron manifiestos, petitorios y meetings abolicionistas, casi siempre bajo la conducción de las mutuales. El 22 de ese mes se realizaron manifestaciones en todo el país. El acto central efectuado en la capital debía culminar con la entrega de sus conclusiones al Presidente de la República[25].
A pesar del carácter legalista, ordenado y respetuoso del movimiento, la demostración pacífica en Santiago degeneró en violenta asonada de la siguiente manera, según un informe policial presentado el 23 de octubre al tribunal encargado de investigar los hechos y juzgar a los detenidos:
“[...] el sábado próximo pasado circulaban proclamas de todas las sociedades obreras convocando a un meeting que debía tener lugar ayer en la estatua de O’Higgins para pedir a S. E., la abolición del impuesto al ganado argentino. Estas proclamas recomendaban la mayor tranquilidad y compostura y las investigaciones practicadas por esta sección en orden a establecer los propósitos con que el pueblo concurriría al meeting confirmaban plenamente las recomendaciones que se hacían en estas proclamas.
A la hora de la citación se reunieron alrededor de doce mil hombres de los cuales seis mil, a lo menos pertenecían a la clase obrera y llevaban estandarte con lemas alusivos al objeto de la reunión, sin que ninguno de ellos significara propósitos de trastornar el orden público.
Previa la colocación en fila de a dos, tomaron los manifestantes las calles de Morandé torciendo por la de Moneda hasta enfrentar la puerta del palacio, donde se detuvieron para preguntar si S. E. podría recibir a la comisión encargada de entregarle las conclusiones del meeting. El oficial de guardia Sr. Belarmino Fuenzalida les manifestó que S. E. esperaba en su casa y los obreros se dirigieron a ella siendo la comisión recibida y despachada después de cortos instantes de conferencia con el Presidente quien salió en seguida al balcón y presenció el desfile de siete o seis mil obreros que se condujeron con todo orden y compostura como lo habían prometido.
Mientras esto ocurría el otro grupo de seis mil personas entre los cuales había muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada. El jefe de la guardia Sr. Fuenzalida hizo grandes esfuerzos para convencerlos de que su deber les impedía permitirles la entrada al palacio, conducta que les hizo irrumpir en gritos y amenazar lanzándose a viva fuerza a romper la entrada”[26].
A partir de ese momento se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales.
En 1905 se repitieron, de manera aún más nítida que en 1888, los comportamientos y actitudes que tradicionalmente habían diferenciado a los trabajadores organizados de la masa de desheredados compuesta por gañanes, jornaleros y trabajadores ocasionales no adscritos a ninguna organización social, además de numerosos delincuentes ávidos de saqueo. Mientras -según todos los testimonios- los primeros actuaron disciplinadamente, respondiendo a las consignas de orden de sus asociaciones y dirigentes, los “marginales” aportaron el mayor número de personas implicadas en la revuelta, la violencia y el pillaje. De acuerdo con un parte de policía referido a los sucesos del 22 y 23 de octubre:
“El aspecto de la mayor parte de los individuos que andaban en las pobladas [...] era siniestro y revelaba claramente su procedencia de las últimas capas sociales del pueblo, y no era difícil distinguir entre ellos a muchos rateros, ladrones y delincuentes conocidos de antemano por la policía, a mucha gente de mal vivir, a agitadores de profesión, y a la chusma que siempre está lista para acompañar cualquier manifestación contra el orden público en donde pueda ella entregarse al libertinaje del robo y del saqueo”[27].
La misma visión predominó en los políticos de la elite. El diputado liberal Irarrázaval Zañartu afirmó que la “avalancha humana” autora de los saqueos y destrucciones, estaba compuesta:
“[...] por hombres sin oficio, sin hogar, de esos que en Chile todavía no saben leer, ni reconocen domicilio, almas salvajes y bravías hasta cuyo fondo obscuro no han llegado ni la enseñanza del Estado, ni la protección de la sociedad, ni el halago de un interés positivo y permanente, ni siquiera la noción sencilla y elemental de los deberes que corresponden al hombre y de la dignidad del ciudadano”[28].
En un análisis más fino, Malaquías Concha, líder de la fracción demócrata moderada, sostuvo en la Cámara de Diputados que entre los participantes en el desfile del domingo se podían distinguir tres grupos: los miembros de las sociedades obreras, respetuosos, organizados, de comportamiento irreprochable; la masa trabajadora, “generalmente no asociable y fácilmente excitable, influenciada a veces por las injusticias que tiene que soportar” y, finalmente, “los malhechores de todo orden que se anidan en el bajo fondo de la sociedad”[29].
Nadie puso en duda la actitud legalista, pacífica y ordenada de las asociaciones populares, ratificada en sus comunicados[30] y en la decisión de sus homólogas de Valparaíso, Los Andes, Concepción, Talcahuano, Coronel y Lota de suspender, en aras de la paz, las manifestaciones previstas para los días siguientes[31].
En rigor, al igual que en 1888, al comienzo de la “huelga de la carne” el deslinde no fue claro. Durante el desfile del domingo 22, en torno a las sociedades obreras se agregaron numerosas “pobladas” de “rotosos” carentes de organización. Hasta el segundo día de incidentes (lunes 23) distintas categorías populares, fundamentalmente obreros en huelga, como los del aseo, de la fundición Libertad, la Maestranza y de diversos talleres ferroviarios, de las Cervecerías Unidas, la empresa del alcantarillado, la construcción, el Matadero y otros aparecían confundidos con la masa marginal, según dio cuenta la fuente policial citada más arriba:
“[...] andaban mezclados con estas turbas conocidos obreros y hombres de trabajo quienes, en mi concepto, engañados sobre el verdadero objetivo que tenía el movimiento y creyéndolo tal vez una simple manifestación popular en favor de la abolición del impuesto al ganado argentino se prestaron durante varias horas a que con ellos los huelguistas hiciesen una especie de réclame a sus desórdenes y a que por consideración a ellos, que son gente ordenada y de trabajo, la policía no procediese desde el primer momento con la energía con que procedió después cuando ya los obreros se habían separado de la chusma y entró esta a dar expansión franca a sus propósitos de saqueo”[32].
Una de las “pobladas” más numerosas que se enfrentó a la policía se formó durante la mañana del 23 de octubre, en las inmediaciones de la Estación Central. Una masa, de no menos de 3.500 individuos, intentó suspender el tráfico ferroviario, asaltando y apedreando un tren de pasajeros. Luego de ser rechazados por la policía, estos manifestantes convergieron con otros huelguistas avanzando por la Alameda hacia el centro de la ciudad y dejando tras de sí una estela de destrucción[33].
Aunque la turba continuó depredando negocios, edificios públicos y puestos de policía, a la media tarde se produjo la separación de aguas, retirándose la mayor parte de los obreros y aumentando la intensidad de los saqueos[34].

Latifundio Y poder rural en Chile en los siglos XVII y XVIII. Rolando Mellafe (Fragmento)

“Se acostumbra decir, con ligereza, sobre los españoles que llegaban a participar en la conquista de América, que buscaban la posesión de la tierra porque ella daba ‘prestigio y riqueza’. Creemos que ocurría todo lo contrario en el período del prelatifundio, que cronológicamente cubre la conquista y sus decenios siguientes. En aquellos años el prestigio y la riqueza da también, entre otras cosas, la posesión de la tierra. La tierra es un elemento más que se distribuye a los conquistadores y sus descendientes, junto con títulos y honores, con el derecho de usufructuar del trabajo y tributación de los indios, con la excepción de impuestos, con la oportunidad de trabajar las minas, etc. La tierra que se da generalmente vale poco, no se trabaja ni rinde mucho económicamente. Es una tierra en que los accesorios de producción que se ponen sobre ella, como ganados, indios, esclavos, valen mucho más que ella misma. Al período de prelatifundio lo hemos denominado también ‘etapa de frontera agraria’, porque es un lapso de formación de una economía agraria, de intensa aculturación y de ensayos de distintos tipos de producción agrícola.”
“Pero, muy especialmente, lo que consigue el latifundio antiguo [primera mitad del siglo XVII] ante el asedio de los monopolios, la falta de mano de obra y la escasez de capitales, es una primera racionalización de la empresa agrícola. Históricamente por lo menos, la racionalización de la economía agraria no significa necesariamente ni mejoramiento tecnológico, ni mayor producción. Los términos no son excluyentes, pero tampoco necesarios. La racionalización en esta etapa del latifundio significa simplemente una mayor eficacia en el uso de los recursos disponibles. Una hacienda mixta, por ejemplo, con un mediocre rendimiento y baja tecnología, que en otras palabras, no renueve convenientemente sus ganados, ni aprovecha bien los pastos, que no utilice eficientemente el regadío, ni la totalidad de las áreas cultivables, puede en realidad estar explotada con un alto grado de racionalización de la empresa agraria. Sería así, si teniendo como parámetros por un lado los insumos que necesita para esa baja productividad y por otra las erráticas demandas del mercado y los precios, obtuviera un rendimiento económico óptimo. En otras palabras, un rendimiento muy barato para un mercado muy deficiente. Una sobreproducción ociosa le resultaba al latifundio antiguo doblemente costosa.”
“[Durante la segunda mitad del siglo XVIII y principios del siglo XIX] La mayor amplitud de los mercados trae nuevos monopolios: compradores en verde, bodegueros, embarcadores y fleteros, importadores, etc. La iglesia, de ser una institución que proporciona préstamo, se convierte en verdaderamente usurera y, además, compite, amparada en regalías del período anterior, con la colocación de productos extraídos de sus propias haciendas. Las relaciones con la minería son también muchas veces conflictivas; el latifundio antiguo había experimentado un sordo forcejeo por la mano de obra con los mineros, pero ahora se prolonga por el uso de recursos naturales, por el control de nuevas poblaciones, por la circulación incluso, a través de las grandes propiedades.
“Pero quizás la lucha más singular es la que se entabla entre el latifundio ya maduro y la burocracia estatal. El nuevo concepto de Estado del Despotismo Ilustrado, implementado a través de una serie de “reformas”, torna militarmente eficiente y unida a la burocracia estatal. Esta quiere ahora ejercer efectivamente el poder y, entre otras cosas, manejar el ámbito rural, como una alternativa más del potencial productivo y sumiso de un conjunto colonial. Haciendo más complicado el panorama para el latifundio tradicional, hay evidencias crecientes que pequeños grupos urbanos, que van surgiendo aquí y allá —y que con las salvedades del caso estamos tentados de llamar burguesía— tienden a juntarse con la burocracia estatal, incluso en pequeñas ciudades de provincias. La política agresiva desarrollada por los latifundistas contra estos grupos se planteó en un principio como una táctica simple de mediatización y destrucción de frentes opositores, que le molestaban en el control del ambiente rural. No tenían un proyecto político global, que pudiera conducirlos al manejo del gobierno nacional. Pero esta acción fue adquiriendo tal fuerza que, después de la Independencia, tanto en Chile como en América Latina, concibió y generalmente logró la captura del poder total.”

Mellafe, Rolando. "Latifundio y poder rural en Chile de los siglos XVII y XVIII". En: Historia Social de Chile y América. Santiago, Editorial Universitaria, 2004. Pp 80 y ss.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LAS REFORMAS BORBÓNICAS COMO ANTECEDENTE DE LA INDEPENDENCIA. Texto de John Lynch (fragmento).

Las revoluciones por la independencia en Hispanoamérica fueron repentinas, violentas y universales. Cuando en 1808 España se derrumbó ante la embestida de Napoleón, su imperio se extendía desde California hasta el Cabo de Hornos, desde la desembocadura del Orinoco hasta las orillas del Pacífico, el ámbito de cuatro virreinatos, el hogar de diecisiete millones de personas. Quince años más tarde España solamente mantenía en su poder Cuba y Puerto Rico, y ya proliferaban las nuevas naciones. Con todo, la independencia, aunque precipitada por un choque externo, fue la culminación de un largo proceso de enajenación en el cual Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomó conciencia de su cultura, se hizo celosa de sus recursos. Esta creciente conciencia de sí movió a Alexander von Humboldt a observar: “Los criollos prefieren que les llame americanos, y desde la Paz de Versalles, y especialmente desde 1789, se les oye decir muchas veces con orgullo ‘Yo no soy español, soy americano’, palabras que descubren los síntomas de un antiguo resentimiento”. También revelaban, aunque todavía confusamente, la existencia de lealtades divididas, porque sin negar la soberanía de la corona, o incluso los vínculos con España, los americanos empezaban a poner en duda la base de su fidelidad. La propia España alimentaba sus dudas, porque en el crepúsculo de su imperio no atenuaba, sino que aumentaba su imperialismo.
Hispanoamérica estaba sujeta a finales del siglo XVIII a un nuevo imperialismo; su administración había sido reformada, su defensa reorganizada, su comercio reavivado. La nueva política era esencialmente una aplicación del control, que intentaba incrementar la situación colonial de América y hacer más pesada su dependencia. Sin embargo, la reforma imperial plantó las semillas de su propia destrucción: su reformismo despertó apetitos que no podía satisfacer, mientras que su imperialismo lanzaba un ataque directo contra los intereses locales y perturbaba el frágil equilibrio de poder, dentro de la sociedad colonial. Pero si España intentaba ahora crear un segundo imperio, ¿qué había pasado con el primero?
A finales del siglo XVII Hispanoamérica se había emancipado de su dependencia inicial de España. El primitivo imperialismo del siglo XVI no podía durar. La riqueza mineral era un activo consumible e invariablemente engendraba otras actividades. Las sociedades americanas adquirieron gradualmente identidad, desarrollando más fuentes de riquezas, reinvirtiendo en la producción, mejorando su economía de subsistencia de alimentos, vinos, textiles y otros artículos de consumo.
[…]
En historiografía se está familiarizado con el concepto de un imperialismo informal, de control exterior de la economía, tal y como se aplica a América Latina en el período nacional. ¿Pero no estaba Hispanoamérica en un estado de emancipación informal en el período colonial, o más precisamente a finales del siglo XVII y principios del XVIII? Es cierto que el poder imperial continuaba ejerciendo su control burocrático; es también verdad que las colonias no declararon su independencia durante la Guerra de Sucesión española, cuando la metrópoli era impotente. Dejando aparte el hecho de que el ambiente político e ideológico de principios del siglo XVIII no era propicio para un movimiento de liberación nacional, los hispanoamericanos tenían poca necesidad de declarar la independencia formal, porque gozaban de un considerable grado de independencia de facto, y la presión sobre ellos no era grande. Un siglo más tarde la situación era diferente. El peso del imperialismo era mucho mayor, precisamente como resultado de la renovación del control imperial después de 1765. La provocación se dio, no cuando la metrópolis estaba inerte, sino cuando estaba en actividad.

Lynch, John. Las Revoluciones hispanoamericanas. 1808-1826. Editorial Ariel, Barcelona, 1976. Pp 9-13.

Instantánea de época. (Bernardo Subercaseaux)

Septiembre, 1910. Por las calles circulan algunos automóviles, victorias o coches de posta, unos pocos coches americanos y los primeros vehículos de transporte con motor a gasolina (las famosas “taguas” y “góndolas”). También carros de sangre y tranvías eléctricos, uno de ellos lleva un letrero: “la viruela aumenta, vacúnese sin falta”. Cerca del Club Hípico deambulan carretelas dieciocheras y muchedumbre de a pie. Además carruajes de embajadas extranjeras invitadas a las fiestas del centenario. Santiago es una ciudad extendida. Es primavera y en las noches la Alameda de las Delicias está iluminada. En las principales manzanas del centro, junto con el gran comercio, un par de prósperos banqueros ocupan relucientes mansiones de bronce y mármol. En calles como San Antonio hay un comercio abigarrado: boticas, relojerías, negocios de calzado, sastrerías y tiendas con un letrero que anuncia “se realiza todo, a muy bajo precio”.
En la propia Alameda, en una residencia majestuosa, vive con su familia el todavía joven e inédito poeta Vicente Hiudobro (que tendido en un diván sueña con la Comtesse de Noailles). La apertura de Gath y Chaves, multitienda al estilo europeo inaugurada ese año, con varios niveles y ascensores, crea gran curiosidad y expectación. El país, complacido de sus logros, se auto congratula. No merece menos una capital con más de 400.000 habitantes, un país con una población total que bordea los 4.000.000 en sus 23 provincias, desde Tacna y Arica hasta el territorio de Magallanes; no merece menos una sociedad que en la voz del discurso oficial (los Baedecker y volúmenes celebratorios en papel satinado) se percibe a sí misma como culta, ilustrada y europea; una nación que con la celebración del centenario está pasando de la edad juvenil a la edad adulta. Un viajero norteamericanote esos años, W.D. Boyce, señala que las modas de París llegan a Santiago con la misma rapidez que a Nueva York, los “parques y la Alameda- dice- hacen que la capital de Chile sea por las tardes tan hermosa y atractiva como Rotten Row en Londres o Central Park en Nueva York”.
En el llamado “vecindario decente”, conformado por el centro y algunas manzanas aledañas, hay antiguas casas solariegas de estirpe española, con patios floridos, balcones enrejados y tejas, pero también algunas construcciones a lo “Belle Epoque”: mansiones de estilos europeos u orientales, y hasta palacios de corte neoclásico o morisco. Los beneficios del salitre a las arcas fiscales han aportado lo suyo a la urbe y a la modernización oligárquica: allí está el alumbrado público y los teléfonos, el alcantarillado, u obras como el Palacio de Bellas Artes de Jecquier; el Parque Forestal de Dubois; la nueva fachada del Correo Central; el Palacio de los Tribunales de Doyere; La Estación Mapocho –adonde llega el recién inaugurado ferrocarril trasandino-, la red de tranvías eléctricos y el inicio de la Biblioteca Nacional. En la Alameda abajo, cerca de la Estación de trenes diseñada por Eiffel, en un barrio de prostíbulos y gañanes, un charlatán discursea en una esquina ofreciendo a los transeúntes brebajes para todo género de enfermedades.
Del centro de la ciudad parten algunas de las calles que dan a la periferia, muchas todavía con acequias de aguas servidas a tajo abierto, calles polvorientas (o con restos de barro) que van a morir a los confines de la ciudad, o desaparecen en miserables suburbios, donde- según un cronista de la época- los ranchos de paja son negros y los basurales se levantan como promontorios en los que husmean perros escuálidos, lugares que colindan con potreros a campo abierto, como Chuchunco o “Los Pajaritos”.
Entre esos suburbios de los “confines” y el “vecindario decente” del perímetro central, se despliegan los más de mil conventillos con habitaciones insalubres- o “cités”, como se les llamaba entonces, con voz afrancesada. Esta es Santiago, esta es la ciudad que después de largos meses de incertidumbres de toda índole, se dedica- con bombos y platillos y algún huifa ay ay ay- a la celebración del primer centenario de la Independencia, en septiembre de 1910.


Subercaseaux, Bernardo: Genealogía de la Vanguardia en Chile. Ediciones Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile, Serie Estudios. Santiago, Editorial LOM, 1998. Pp. 11-13.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Extractos de prensa conservadora del siglo XIX ( y un texto de un parlamentario)

Sobre el estado laico:
“Cumplir un deber es algo más noble que el temor de lo irracional; es el reconocimiento de los derechos ajenos y de las obligaciones propias; es el conformar nuestras acciones con ese reconocimiento; no puede existir sin la convicción de que hay una justicia suprema que ve y juzga nuestras obras; una justicia cuyos decretos no pueden ser burlados como los decretos de la justicia humana.
“¿Puede un Estado desentenderse de ese verdadero y único fundamento de toda sociedad? ¿Puede proclamar que nadie tiene el deber de obedecer a sus leyes y fiar sólo en las bayonetas para la conservación del orden social? El más fuerte tendría siempre razón contra el más débil, la fortuna, la astucia, la audacia y el crimen impune vendrían a reemplazar a la honradez, la laboriosidad y el trabajo; llegaríamos a la barbarie”
(El estandarte católico. Santiago, 1874 p.2)

Sobre la libertad de cultos:
“Estamos porque se conserve el actual orden de cosas. Exígenlo así imperiosamente altas razones y conveniencias, que convienen no sólo a la religión, sino también a la felicidad temporal de Chile. La razón indica, y toda la historia de la humanidad lo confirma, que la falta de uniformidad en las creencias religiosas de los ciudadanos es para el estado la fuente más fecunda de todo género de males. Si la unidad, energía, prosperidad y buen orden de los estados pierden tanto, cuando abrazan gente de distintas razas, idiomas, costumbres o caracteres, incomparablemente sufre más la vida de la nación cuando la religión viene a ser el elemento discordante y anarquizador. [...] Y agréguese que con la diversidad de cultos cunde el indeferentismo, y junto con las creencias religiosas van desapareciendo las virtudes morales, sin las que carecen de su savia fecundadora así los intereses públicos como los privados, y todo es perdido”.
(Revista Católica. Stgo. 1864 p74)

Sobre el fuero religioso:
“De estos principios resulta que si la iglesia necesita para cumplir su misión en este mundo reservarse el reconocimiento de ciertas causas, inhibiendo de entender en ellas a la jurisdicción temporal, está en su derecho haciéndolo así. He aquí por qué ha podido hacerlo respecto a las causas profanas de los eclesiásticos. Para establecer la inmunidad personal de estos, la iglesia ha tenido poderosos motivos. El sacerdocio, sin el cual no puede haber religión, está llamado a ejercer en la sociedad su saludable influencia, no con el apoyo de la fuerza material, sino principalmente con el ascendiente de su augusto carácter. Ese poder moral de que debe estar revestido el sacerdote, se desvanecería en mucha parte, si como cualquier otro hombre pudiera ser obligado a comparecer en juicio delante de jueces laicos.
(Revista Católica. Stgo. 1864. p 591)

Sobre el matrimonio civil:
“La familia es la base del Estado: nada mas exacto. La familia, o sea la sociedad doméstica, es por su naturaleza anterior a1 Estado o sea sociedad civil. El Estado a1 nacer encontró, pues, el matrimonio como un hecho establecido, como una institución que debia respetar i amparar en su esencia i forma primitiva. Ahora bien, una institución que por su naturaleza es anterior a otra, no puede recibir de esta su existencia, i es por tanto independiente desde su primitiva formación.”
(Discurso del diputado Juan Barriga en la sesión en que se discutió la Ley de matrimonio civil. citado en: Walker, Carlos. El Gobierno de Santa María)

OCIOSOS, VAGABUNDOS Y MALENTRETENIDOS. Alejandra Araya (fragmento)


“A mediados del siglo XVIII la plebe era ‘peligrosa’ tanto por su número como por su diversidad. Esta percepción llevó a que las autoridades hiciesen del disciplinamiento social una tarea prioritaria. El miedo a la población numerosa, desconocida y diversa, desconcertó a los grupos dominantes. Ya no se trataba simplemente de indios y españoles, ni siquiera de éstos y mestizos, sino que de toda clase de mezclas. Las distinciones por el color de la piel tampoco eran útiles cuando éste se hacía más uniforme. A fines del siglo XVIII, por ejemplo, para reafirmar la estratificación social que el color de la piel ya no aseguraba, se recurrió a la vigilancia en el vestir correcto de cada uno de acuerdo a “su estado, sexo y calidad”. Esta realidad distinta llevó a repensar sobre el problema de la dominación y cómo enfrentarlo, quiénes dominaban y quiénes eran subordinados. Se resolvió calificando al otro, objeto de dominación, como inferior y débil.
“El miedo a una población de la cual no se tenía información cierta de sus formas de sostenimiento, que ni siquiera era ‘conocida por los jueces’, no era una reacción tan descabellada. Era la reacción ante lo desconocido. Esto significa que el aumento de población, asociado al mestizaje, generó una readecuación del poder local hacia adentro. El aumento provocó descontrol.”

Araya, Alejandra. Ociosos vagabundos y malentretenidos en Chile colonial. LOM, Santiago1999. Pp 48 y 49.

Algunos documentos coloniales


R. C. Que en el castigo no se haga distinción de personas de españoles a indios.

                                                                                  Madrid, 29 de diciembre de 1593.

El Rey. Presidente y oidores de mi Audiencia Real que residís en la ciudad de los Reyes, de la provincia del Perú. Yo he sido informado que los delitos que los españoles cometen contra los indios no se castigan con el rigor que se hacen en los de unos españoles contra otros, y que con haber sido tantos los delitos que se han cometido contra los indios, apenas se sabe que se haya hecho justicia de un español por muerte u otro agravio de indio, y porque ha sido muy perniciosa introducción y no se ha de dar lugar a que en el castigo de los delitos se haga distinción de personas de españoles a indios, antes éstos sean más amparados como gente más miserable y de menos defensa, os mando que de aquí adelante castiguéis con mayor rigor a los españoles que injuriaren, ofendieren o maltrataren a los indios, que si los mismos delitos se cometieren contra españoles; y esto mismo ordenareis a todas las justicias del distrito de esa Audiencia.

Konetzke, Richard. Colección de documentos para la historia de la Formación Social de Hispanoamérica. Consejo superior de investigaciones científicas, Madrid, 1958. VII, Primer tomo. Pp 12 y 13.




R. C. Para que se guarde lo que está ordenado cerca de que no residan españoles en ningún lugar de indios.
                                                                                  Cervera, 21 de Marzo de 1626.
El Rey. Presidentes y oidores de mi Real Audiencia de la provincia de Guatemala. El licenciado don Antonio de la Cueva y Silva, mi fiscal en mi Consejo Real de indias, me ha hecho relación que estando dispuesto por cédulas, capítulos de cartas y ordenanzas en diferentes tiempos para el buen gobierno de mis indias y sus naturales, que ningún español ni encomendero pueda estar ni residir en ningún lugar de indios por las vejaciones y molestias que ellos y sus criados les hacen, aprovechándose de su sudor y trabajo sin dejarlos acudir al beneficio de sus haciendas e inteligencia de sus aprovechamientos, de que resulta estar pobres y aniquilados sin tener de qué acudir a pagar los tributos a que están obligados e irse cada día acabando, ha venido a su noticia que no se guardan ni cumplen las dichas ordenanzas en esa provincia, residiendo muchos españoles en lugares de indios, y especialmente en el pueblo de Chimaltinango, y otros aprovechándose de las tierras de los indios con color de decir que tienen mercedes de tierras en la jurisdicción de los dichos lugares, siendo cosa tan prohibida y de tanto perjuicio y perniciosa consecuencia, suplicándome fuese servido de mandar poner remedio en ello, y habiéndome visto en el dicho mi Consejo, lo he tenido por bien, y así os mando guardéis y cumpláis y hagáis guardar y cumplir las dichas cédulas, capítulos de cartas y ordenanzas, en cuyo cumplimiento no permitiréis residan españoles en los dichos lugares de indios y a los que estuvieren en ellos, les compeleréis a que salgan de ellos, poniéndoles graves penas, y lo mismo haréis a los demás que hubieren contravenido o contravinieren a lo sobredicho y avisarméis en la primera ocasión de haberlo ejecutado.


Konetzke, Richard. Colección de documentos para la historia de la Formación Social de Hispanoamérica. Consejo superior de investigaciones científicas, Madrid, 1958. VII, Primer tomo. Pp 287 y 288.



R.C. Que los mulatos no puedan ser escribanos.
                                                                       Madrid, 7 de junio de 1621.
El Rey. Mi Virrey, presidente y oidores de mi audiencia Real de la ciudad de los Reyes, de las provincias del Perú. He sido informado que de algunos años a esta parte han pedido y conseguido en mi Consejo de las Indias títulos de escribanos y notarios públicos de ellas algunas personas de poca satisfacción, como son mulatos y mestizos presentando en él informaciones hechas en esas partes ante las justicias y jueces de ellas, sin hacer mención de las dichas naturalezas, con que en el dicho mi Consejo no se puede saber ni entender la verdad. Para cuyo remedio he acordado de ordenaros y mandaros como lo hago, que por ningún caso admitáis ni consintáis que se admita para este efecto en todo el distrito de esa Audiencia informaciones de mulatos proveyendo como se ponga especial capítulo en las que se hicieron a  pedimento de los demás pretensores de los dichos oficios que no lo son, y despacharéis provisiones para todas las justicias del distrito de esa Audiencia ordenándoles que hagan lo mismo. Y si acaso con el mismo engaño que por lo pasado se dieren algunos de los dichos títulos, y os constare que los que los hubiesen conseguido son mulatos, no les consentiréis usar de ellos, recogiéndolos de manera que no puedan volver a su poder, y haréis que esta mi cédula se pregone para que de oficio o a pedimento de parte se ejecute lo que por ella se dispone.

Konetzke, Richard. Colección de documentos para la historia de la Formación Social de Hispanoamérica. Consejo superior de investigaciones científicas, Madrid, 1958. VII, Primer tomo. Pp 259 y 260.


Consulta del consejo de Indias sobre la legitimación que pide para un hijo natural suyo el capitán Juan Gallegos de Rubias.
                                                                                  Madrid, 14 de Marzo de 1596.

Señor. Por información que se ha presentado en el Consejo consta que el capitán Juan Gallegos de Rubias es uno de los primeros descubridores de las provincias de Perú y Chile, y que siendo soltero tuvo un hijo en una india también soltera y que después se casó, y por no tener hijos legítimos sucedió su mujer en una encomienda de indios que tenía, y suplica a V.M. que atento a lo sobredicho y a que el hijo tiene más de cuarenta años de edad y que desde muy pequeño comenzó a servir en aquella guerra de Chile donde ha hecho su deber muy honradamente a su costa sin habérselo hecho merced ni gratificación y que es casado con doña Mencia de Acuña, cuyos padres son de los más principales y nobles de aquel reino, de haga V.M. merced de legitimarle para honras y oficios y heredar, y al Consejo parece que se podrá hacer esta merced con que no se entienda para sucesión de indios ni en perjuicio de tercero. V.M. mandará lo que fuere servido.

Konetzke, Richard. Colección de documentos para la historia de la Formación Social de Hispanoamérica. Consejo superior de investigaciones científicas, Madrid, 1958. VII, Primer tomo. P 32.


R.C. Que no se ordene a los mulatos, mestizos ni ilegítimos.
                                                                                  Madrid, 7 de Febrero de 1636.

El Rey. Por cuanto he sido informado que es grande el número de clérigos de natural inquieto que andan en las provincias de las Indias, los cuales se meten por las doctrinas y pueblos de los naturales, dándoles mal ejemplo con su modo de vivir, y esto nace de que las religiones reciben y dan hábitos a cuantos lo piden, a cuyo título se ordenan; y después de ordenados hacen tales causas y delitos que se les obliga a quitarles el hábito y echarlos de la religión, y ellos se ponen el de clérigos , con el cual andan y viven licenciosamente, sin que puedan ser corregidos y castigados, porque de ordinario andan vagando de unas partes a otras, y cuando se llega a saber del delito ya han hecho fuga e ídose a otra parte; y también ocasiona el haber tanta cantidad de este género de clérigos el da, como dan, las sedes vacantes y algunos prelados “reverendas” a todos los que las piden a título de la lengua y con fingidos patrimonios o capellanías muy tenues, dispensando con ellos en los intersticios sin causa ni razón que haya, en contravención de lo que dispone el Santo Concilio de Trento, sin reparar en que lo más de ellos sean (como suele acontecer) mestizos e ilegítimos, que todo es causa de que resulten los grandes daños e inconvenientes que se van experimentando de haber tanta abundancia de este género de clérigos, y que así convenía que yo mandase proveer de ello en remedio. Y habiéndose visto por los de mi Consejo de las Indias, fue acordado que debía mandar dar esta mi cédula, por la cual ruego y encargo a los muy reverendos arzobispos y obispos de todas y cualesquier parte de las dichas mis Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, tengan la mano de aquí en adelante ordenar tantos clérigos, especialmente a los mestizos e ilegítimos y otros defectuosos, y en ninguna manera dispensen con los intersticios ni consientan en su diócesis a los expulsados y escandalosos, procediendo en cuanto a esto conforme a derecho y a los dispuesto por los Sacros Cánones y sesiones del Santo concilio de Trento y de los otros concilios que traten de estos casos, que en ello, demás de que cumplirán con las obligaciones de su oficio pastoral que ejercen, en que Dios nuestro Señor se tendrá por servido, yo recibiré particular contento de saber que así se cumple y ejecuta.

Konetzke, Richard. Colección de documentos para la historia de la Formación Social de Hispanoamérica. Consejo superior de investigaciones científicas, Madrid, 1958. VII, Primer tomo. Pp 356 y 357.