Publicado originalmente en 1968, el texto del historiador chileno Sergio Villalobos "El comercio y la crisis colonial" plantea una polémica hipótesis: el control español sobre el comercio de y hacia sus colonias (y particularmente en el caso de Chile) ya se había derrumbado hacia finales del siglo XVIII. La situación comercial en Chile previo a la independencia no era la de una colonia impedida de importar o de exportar, sino la de un mercado donde se realizaba un comercio constante con países europeos y con otras colonias españolas.
Esta hipótesis sin duda que nos invita a repensar las tradicionales explicaciones sobre el proceso de independencia, que ponen un énfasis en el monopolio como un antecedente fundamental. El texto que entregamos es un extracto de las conclusiones que el autor presneta, a modo de síntesis de su trabajo.
Lejos de existir una situación precaria de escasez de mercaderías importadas, de precios muy altos y de barreras que impedían la exportación de productos coloniales, los hechos demuestran, hasta alcanzar rasgos asombrosos, que en general el mercado chileno estuvo bien provisto de especies europeas, muchas veces con tal exceso que provocaban la saturación hasta el punto que los precios solían descender dejando fuertes pérdidas a los mercaderes; y que las posibilidades de enviar los productos chilenos a otros mercados, incluso el europeo y el asiático en menor grado, estaban dadas por la reglamentación vigente.
La importación de manufacturas europeas fue intensa desde los comienzos del siglo XVIII y con el correr de los años se acentuó notablemente. Sólo los períodos de guerra marcaban lapsos en que se dejaba sentir escasez y alza de precios; pero en las últimas décadas ni los períodos de beligerancia lograron cortar la infinidad de canales que abastecían al continente americano.
Esa misma liberalidad en el tráfico de importación se notaba en el de exportación, de modo que el envío de productos a las demás colonias de España, a las colonias extranjeras, a los países amigos y neutrales y aun a los enemigos, eran realidades que cualquier comerciante hábil y audaz podía aprovechar. Cierto que en el hecho la exportación era mucho más restringida que la importación; pero ello no se debía a una política deliberada; era la resultante fatal de las condiciones económicas reinantes: las manufacturas de los países altamente industrializados penetraban fácilmente en los mercados consumidores, mientras que los productos no elaborados, las materias primas de las colonias, no tenían vías tan fáciles de penetración en el mercado mundial. En el caso de Chile, nuestro país no disponía de productos muy apetecidos y sólo el cobre encontraba salida, que por cierto no era muy cuantiosa. Sería necesaria la gran transformación industrial europea del siglo XIX para aumentar la demanda del metal rojo; pero por entonces sus posibilidades eran limitadas.
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La desenvoltura alcanzada por el comercio fue la consecuencia de las medidas de la corona, que dieron impulso tanto al tráfico interno como al externo. Tan importantes fueron las transformaciones en este último sentido, que puede afirmarse que las colonias americanas se encontraban ligadas a las plazas extranjeras y, por lo tanto, que el monopolio de la metrópoli virtualmente no existía.
Sin embargo, debe dejarse bien claro que España nunca renunció al monopolio y que si permitió el comercio de sus colonias con los extranjeros, se debió únicamente a circunstancias de emergencia y a la presión de necesidades ineludibles que, desgraciadamente para ella, llegaron a convertirse en situación permanente en las últimas décadas de su dominación.
No hubo una legislación con intenciones liberales y generosas, sino que todas las disposiciones que permitieron el contacto con el comercio extranjero se dictaron a regañadientes y en contradicción con los deseos e intereses metropolitanos.
Por una parte, el crecimiento de las colonias y el natural aumento de sus necesidades en cantidad y calidad, y, por otra parte, el desarrollo industrial de Inglaterra y otras potencias, tenían que hacer fracasar el monopolio y mientras unos esperaban con avidez las manufacturas, los otros se lanzaban con sus cargamentos al asalto de los puertos americanos. Esas fueron las fuerzas que doblaron la mano enflaquecida y débil de la política madrileña.
Junto con el comercio legal, acrecentando el volumen del tráfico, se realizaba el contrabando, cuya intensidad es difícil de apreciar, aunque al parecer no tuvo la importancia del comercio legítimo.
El contrabando no fue una actividad semipirática realizada en caletas abandonadas o con el rostro cubierto en medio de la oscuridad de la noche, sino que se efectuó a pleno día, en los puertos y en medio de cortesías y reverencias, mediando quizás algunas bolsas con buenos patacones. Fue una actividad desarrollada al amparo de las últimas reformas, aprovechándose de interpretaciones torcidas de los reglamentos y permisos o engañando de cualquier forma; era un contrabando que tenía sus trámites, expedientes, papel sellado y vistas fiscales y que en ocasiones hasta pagaba impuestos. Sólo circunstancialmente adquiría formas burdas y violentas.
Villalobos R., Sergio. El comercio y la crisis colonial. Santiago: Universitaria, 1989. Pp 260-264.
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