domingo, 5 de septiembre de 2010

La Huelga de la Carne (Sergio Grez)


El siguiente texto corresponde al trabajo de Sergio Grez, “Una Mirada al Movimiento Popular Desde dos Asonadas Callejeras (Santiago, 1888-1905)”, publicado en La Revista de Estudios Históricos del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile. En él se hace una aproximación a dos asonadas callejeras: “La huelga de los tranvías” de 1888 y la “huelga de la carne” de 1905- El fragmento que presentamos corresponde a esta segunda movilización. En él se da cuenta de cómo estas manifestaciones, siendo inicialmente pacíficas y llevadas a cabo por las organizaciones obreras y artesanales existentes, terminaban escapándoseles de las manos a estas organizaciones, adquiriendo características violentas y caóticas.
La reivindicación de la abrogación del impuesto al ganado extranjero internado en el país no era nueva. Ya en 1888 el Partido Democrático y las organizaciones populares habían implementado exitosamente una primera movilización contra un proyecto de ley presentado a la Cámara de Diputados para establecer un impuesto al ganado argentino que beneficiaría a los grandes productores chilenos del mismo ramo. Las peticiones y manifestaciones organizadas en Santiago y Valparaíso lograron que la moción legislativa fuera retirada de la Cámara de Diputados[23]. Sin embargo, en 1897 otro proyecto del mismo tipo fue aprobado, iniciándose al poco tiempo una nueva campaña destinada a obtener la derogación de la ley que golpeaba con dureza el consumo de los sectores populares[24]. En octubre de 1905 la protesta de las asociaciones de trabajadores alcanzó su punto más alto. En ciudades grandes y pequeñas se sucedieron manifiestos, petitorios y meetings abolicionistas, casi siempre bajo la conducción de las mutuales. El 22 de ese mes se realizaron manifestaciones en todo el país. El acto central efectuado en la capital debía culminar con la entrega de sus conclusiones al Presidente de la República[25].
A pesar del carácter legalista, ordenado y respetuoso del movimiento, la demostración pacífica en Santiago degeneró en violenta asonada de la siguiente manera, según un informe policial presentado el 23 de octubre al tribunal encargado de investigar los hechos y juzgar a los detenidos:
“[...] el sábado próximo pasado circulaban proclamas de todas las sociedades obreras convocando a un meeting que debía tener lugar ayer en la estatua de O’Higgins para pedir a S. E., la abolición del impuesto al ganado argentino. Estas proclamas recomendaban la mayor tranquilidad y compostura y las investigaciones practicadas por esta sección en orden a establecer los propósitos con que el pueblo concurriría al meeting confirmaban plenamente las recomendaciones que se hacían en estas proclamas.
A la hora de la citación se reunieron alrededor de doce mil hombres de los cuales seis mil, a lo menos pertenecían a la clase obrera y llevaban estandarte con lemas alusivos al objeto de la reunión, sin que ninguno de ellos significara propósitos de trastornar el orden público.
Previa la colocación en fila de a dos, tomaron los manifestantes las calles de Morandé torciendo por la de Moneda hasta enfrentar la puerta del palacio, donde se detuvieron para preguntar si S. E. podría recibir a la comisión encargada de entregarle las conclusiones del meeting. El oficial de guardia Sr. Belarmino Fuenzalida les manifestó que S. E. esperaba en su casa y los obreros se dirigieron a ella siendo la comisión recibida y despachada después de cortos instantes de conferencia con el Presidente quien salió en seguida al balcón y presenció el desfile de siete o seis mil obreros que se condujeron con todo orden y compostura como lo habían prometido.
Mientras esto ocurría el otro grupo de seis mil personas entre los cuales había muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada. El jefe de la guardia Sr. Fuenzalida hizo grandes esfuerzos para convencerlos de que su deber les impedía permitirles la entrada al palacio, conducta que les hizo irrumpir en gritos y amenazar lanzándose a viva fuerza a romper la entrada”[26].
A partir de ese momento se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales.
En 1905 se repitieron, de manera aún más nítida que en 1888, los comportamientos y actitudes que tradicionalmente habían diferenciado a los trabajadores organizados de la masa de desheredados compuesta por gañanes, jornaleros y trabajadores ocasionales no adscritos a ninguna organización social, además de numerosos delincuentes ávidos de saqueo. Mientras -según todos los testimonios- los primeros actuaron disciplinadamente, respondiendo a las consignas de orden de sus asociaciones y dirigentes, los “marginales” aportaron el mayor número de personas implicadas en la revuelta, la violencia y el pillaje. De acuerdo con un parte de policía referido a los sucesos del 22 y 23 de octubre:
“El aspecto de la mayor parte de los individuos que andaban en las pobladas [...] era siniestro y revelaba claramente su procedencia de las últimas capas sociales del pueblo, y no era difícil distinguir entre ellos a muchos rateros, ladrones y delincuentes conocidos de antemano por la policía, a mucha gente de mal vivir, a agitadores de profesión, y a la chusma que siempre está lista para acompañar cualquier manifestación contra el orden público en donde pueda ella entregarse al libertinaje del robo y del saqueo”[27].
La misma visión predominó en los políticos de la elite. El diputado liberal Irarrázaval Zañartu afirmó que la “avalancha humana” autora de los saqueos y destrucciones, estaba compuesta:
“[...] por hombres sin oficio, sin hogar, de esos que en Chile todavía no saben leer, ni reconocen domicilio, almas salvajes y bravías hasta cuyo fondo obscuro no han llegado ni la enseñanza del Estado, ni la protección de la sociedad, ni el halago de un interés positivo y permanente, ni siquiera la noción sencilla y elemental de los deberes que corresponden al hombre y de la dignidad del ciudadano”[28].
En un análisis más fino, Malaquías Concha, líder de la fracción demócrata moderada, sostuvo en la Cámara de Diputados que entre los participantes en el desfile del domingo se podían distinguir tres grupos: los miembros de las sociedades obreras, respetuosos, organizados, de comportamiento irreprochable; la masa trabajadora, “generalmente no asociable y fácilmente excitable, influenciada a veces por las injusticias que tiene que soportar” y, finalmente, “los malhechores de todo orden que se anidan en el bajo fondo de la sociedad”[29].
Nadie puso en duda la actitud legalista, pacífica y ordenada de las asociaciones populares, ratificada en sus comunicados[30] y en la decisión de sus homólogas de Valparaíso, Los Andes, Concepción, Talcahuano, Coronel y Lota de suspender, en aras de la paz, las manifestaciones previstas para los días siguientes[31].
En rigor, al igual que en 1888, al comienzo de la “huelga de la carne” el deslinde no fue claro. Durante el desfile del domingo 22, en torno a las sociedades obreras se agregaron numerosas “pobladas” de “rotosos” carentes de organización. Hasta el segundo día de incidentes (lunes 23) distintas categorías populares, fundamentalmente obreros en huelga, como los del aseo, de la fundición Libertad, la Maestranza y de diversos talleres ferroviarios, de las Cervecerías Unidas, la empresa del alcantarillado, la construcción, el Matadero y otros aparecían confundidos con la masa marginal, según dio cuenta la fuente policial citada más arriba:
“[...] andaban mezclados con estas turbas conocidos obreros y hombres de trabajo quienes, en mi concepto, engañados sobre el verdadero objetivo que tenía el movimiento y creyéndolo tal vez una simple manifestación popular en favor de la abolición del impuesto al ganado argentino se prestaron durante varias horas a que con ellos los huelguistas hiciesen una especie de réclame a sus desórdenes y a que por consideración a ellos, que son gente ordenada y de trabajo, la policía no procediese desde el primer momento con la energía con que procedió después cuando ya los obreros se habían separado de la chusma y entró esta a dar expansión franca a sus propósitos de saqueo”[32].
Una de las “pobladas” más numerosas que se enfrentó a la policía se formó durante la mañana del 23 de octubre, en las inmediaciones de la Estación Central. Una masa, de no menos de 3.500 individuos, intentó suspender el tráfico ferroviario, asaltando y apedreando un tren de pasajeros. Luego de ser rechazados por la policía, estos manifestantes convergieron con otros huelguistas avanzando por la Alameda hacia el centro de la ciudad y dejando tras de sí una estela de destrucción[33].
Aunque la turba continuó depredando negocios, edificios públicos y puestos de policía, a la media tarde se produjo la separación de aguas, retirándose la mayor parte de los obreros y aumentando la intensidad de los saqueos[34].

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