viernes, 10 de septiembre de 2010

"Desgarros y utopías en la pampa salitrera" (fragmento). Texto del historiador chileno Julio Pinto.

Presentación.

Hace exactamente un siglo, desde la Plaza Montt de Iquique (hoy transformada en el mercado Central de esa ciudad), tropas del ejército y marinería, al mando del general Roberto Silva Renard, abrieron fuego sobre obreros y pampinos en huelga previamente concentrados en la escuela Domingo Santa María. La matanza resultante, grabada a fuego en la memoria colectiva de nuestro país, se constituyó en la más dramática expresión del abismo que había llegado a separar a la emergente clase obrera de sus empleadores y de las “clases acomodadas” en general, así como de una autoridad gubernamental que, en teoría al menos, tenía el deber de velar por los intereses generales del cuerpo social, pero que en la práctica recurría cada vez con mayor frecuencia al expediente de dirigir en contra de su propio pueblo el poder armado puesto a su cuidado para la defensa de la nación. Así había ocurrido en la misma ciudad de Iquique diecisiete años antes, cuando otros huelguistas del puerto y la pampa amagaron el orden social y la autoridad patronal. Así también había ocurrido en Valparaíso en 1903, en Santiago en 1905 y en Antofagasta en 1906. Y así ocurriría posteriormente en Puerto Natales, en Punta Arenas, en San Gregorio y La Coruña. Se declaraba por aquellos años en Chile, como en el resto de América Latina, ese enconamiento de las contradicciones sociales que hemos llegado a conocer como “la cuestión social”, definida por el sociólogo francés Robert Castel como el momento en que “una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura”. Corrían, como lo reveló Santa María de Iquique y todas las otras matanzas recordadas, tiempos de profundos desgarros.
            Pero como suele ocurrir en las épocas situadas bajo ese signo, la crisis sirvió también para motivar profundas reflexiones, incluso o sobre todo entre los sectores más victimizadas, sobre el carácter mismo de la sociedad que se desgarraba (lo que Castel denominaría “el enigma de su cohesión”) y sobre la necesidad de introfuvir en ella cambios que la hicieran más justa y adecuada para una convivencia verdaderamente humana (las tentativas, diría Castel, de “conjurar el resigo de su fractura”). En el límite, y ante la negativa de las clases dirigentes de atender las demandas más elementales, o incluso de reconocer la existencia misma de la crisis (“en Chile no existe la cuestión social”, diría más de alguno de sus principales personeros), algunos pensadores más audaces se plantearon abiertamente la superación del orden de cosas existente, y llamaron a reconstruir la sociedad sobre bases más igualitarias y conducentes a la felicidad común. Así, si bien la mayoría de los huelguistas que en diciembre de 1907 descendieron a Iquique perseguía la satisfacción de reivindicaciones más bien modestas (supresión del pago en fichas, libertad de comercio en las oficinas, protección contra accidentes laborales), entre sus dirigentes figuraban experimentados cuadros obreros como Luis Olea, vinculado desde antiguo al pensamiento y a la acción anarquista, que situaban dicho conflicto en un plano mucho más programático. Asimismo, entre sus testigos había obreros pampinos como Elías Lafertte, quien algunos años después se convertiría en uno de los primeros militantes del Partido Obrero Socialista, formado precisamente para reemplazar el sistema capitalista por uno donde teóricamente no iban a tener cabida situaciones como las que habían motivado la matanza de la Esuela Santa María. La cuestión social, en otras palabras, no era sólo un tiempo de desgarros, era también un tiempo propicio para las utopías.

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